El mito del amor en la poesía de Pedro Salinas  

El mito del amor en la poesía de Pedro Salinas

Guillem Vallejo, Poeta y Doctor en Filología clásica y Profesor de lengua y literatura castellana

Hace ochenta años, en 1938, Pedro Salinas terminaba su último libro de poesía amorosa, Largo lamento. El título no podía haberse escogido mejor y sigue inevitablemente la huella de la tradición que ya iniciara con el verso de Garcilaso que escogió para poner el sello al gran libro de la poesía amorosa del siglo XX, La voz a ti debida. Largo lamento nos evoca el “dulce lamentar” garcilasiano, sin menoscabo de la huella romántica de Bécquer, “largo lamento del ronco viento” de la rima LXII. A pesar de las huellas de la tradición, este título no es un mero eco literario, sino la viva expresión del dolor que el poeta sentía en ese momento por haber roto su relación amorosa con la que fuera su amante, la norteamericana, Katherine Whitmore, inspiradora de los libros de su trilogía amorosa, La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento .

Conviene recordar aquí que el poeta, casado con Margarita Bonmatí en 1915, conoce a la profesora norteamericana en la Universidad Internacional de Verano de Santander, que él mismo dirigía, en 1932. De ese encuentro surgirá una apasionada relación, interrumpida por el regreso de Katherine a Estados Unidos para proseguir sus estudios, y que alentará algunos de los poemas de amor más bellos de la literatura española. Largo lamento es un libro que tardaría años en publicarse y del que se imprimirán solo algunos poemas en revistas o serán incluidos en libros posteriores, como Todo más claro. Salinas cerraba con este poemario su segunda etapa, aunque dicho poemario no vería en su totalidad la luz hasta que en 1991, Solita Salinas, la hija del poeta, lo publicara por separado, como había ocurrido con los dos libros anteriores.

El CiervoPedro Salinas, el poeta profesor, el crítico literario en cuyos ensayos literarios analizaría desde la poesía amorosa de Garcilaso hasta la de Rubén Darío, se unía por afinidad electiva, como decía Goethe, a aquellos poetas que habían elevado su amor terrenal y humano, como Petrarca, Garcilaso, Darío o Lorca, a quienes también estudió, al terreno ideal del mito, de esa fábula en donde, como el mismo Salinas cantó, “el amor inventa su infinito”. Y si Dante tuvo a su Beatrice Portinari, y Petrarca a su Laura, y Garcilaso a su Beatriz de Sá, Salinas tuvo durante apenas dos años y medio el amor de la profesora americana Katherine Whitmore. La diferencia sustancial con todas esas otras amadas es que su relación “fue verdad”, como él mismo proclamó, y no solo un amor platónico, desmintiendo así la teoría de algún crítico como Leo Spitzer quien llegó a referirse a la “amada” de Salinas como “un puro concepto”.

Fue necesario esperar hasta 1991 para que pudiera leerse la correspondencia mantenida entre los dos amantes entre 1932 y 1947 en la Houston Library de la Universidad de Harvard. Enric Bou, años después, se encargaría de la edición de parte de ese epistolario bajo el subtítulo, “Epistolario secreto del gran poeta del amor”. El suyo fue pues un amor en secreto exaltando un “tú” que proponía a la amada a “vivir en los pronombres”, es decir, en ese territorio esencial donde los amantes no sufrieran por sus verdaderas identidades. De hecho, la separación con el poeta del 27 no se produciría por la muerte de la amada, sino por la revelación de las identidades que produjo la muerte del amor mismo.

El año 1935 al regresar Katherine a España y reiniciar la relación, Margarita, la esposa de Pedro Salinas, intentó quitarse la vida al enterarse de que su marido tenía una amante. La idealización del amor, intensificada por las dificultades de la misma existencia, buscaría en el mundo de los mitos clásicos su expresión mayor para alcanzar ese “infinito” que su propia historia personal le negaba. La poesía de Pedro Salinas es a menudo una llamada a la otredad, desde la amada al mar de Puerto Rico en El contemplado. Poesía dialógica en la que el tú se hace presente desde sus incursiones en la poesía pura, en poemas de Seguro azar como “Fe mía” o “Amiga” en los que ya se apunta la dependencia casi existencial con la amada: “Para cristal te quiero/(...) Para mirar el mundo,/ a través de ti, puro”. Esa amada, en la trilogía amorosa, será como los dioses, alta, Katherine lo era, y en el proceso de la historia amorosa pasará de la Venus primigenia a la mujer perdida en un mundo material: “¿Por qué te has convertido/ en abanico antiguo?”. O es descrita otras veces como otra Dafne que deja al yo lírico solo en su abrazo: “Si te suelto la mano volver/ puedes a tu mito/ y dejarme a mí llorando/ al pie de un árbol”. No es extraño pues que en Largo lamento haya también un recorrido a los infiernos y todo el libro respire ese aire a desengaño, con títulos que lo hacen evidente: “Muerte del sueño” o “Falsa compañera”, por poner solo dos ejemplos. Pero el poeta que se veía como sombra ante la fuerza divinizada de la amada en el inicio de la historia amorosa (“...con la punta de los dedos/pulsas el mundo/ le arrancas auroras”, ahora ante la evocación del amor y la clara conciencia de su pérdida, se autoproclamará Orfeo que, como ya dijera Machado, “canta lo que ha perdido”.

La formación literaria del poeta le ha permitido, tras su paso por las vanguardias, descontextualizar los mitos trayéndolos al espacio urbano donde vivieron los amantes: “Afuera hay una calle igual que antes,/y unos taxis que aguardan a sus cuerpos./Y pagando su óbolo a Caronte/ entramos en la barca”. La barca no es otra que la que conduce a la laguna de la noche donde lo único que aguarda es otra muerte, la soledad o la ausencia. Lo que le queda al poeta es lo mismo que le quedó a Orfeo al perder a su Eurídice, cantar a su amada, y esto lo hará en las lindes del mito porque allí no pueden arrebatarle lo que la realidad sí le quitó: “Sólo en un cielo puedo/ escribir el balance de tu amor junto al mío:/ las demás superficies no me sirven”.