El viaje de las palabras  

El viaje de las palabras

Emma Martinell

La catedrática de la universidad de Barcelona Emma Martinell describe a través de algunos ejemplos cómo es el viaje de las palabras. Muchas de ellas, de todos los ámbitos, proceden de muy lejos y se quedan en nuestro idioma aunque designen realidades desconocidas o no familiares. También hay muchos términos de la lengua española que se desplazan a otras latitudes y se incorporan a otros idiomas. Seguir su rastro es una tarea muy interesante.

El viaje es y ha sido a lo largo de la historia la forma a través de la cual el ser humano ha satisfecho, además de la voluntad de anexión territorial, el propósito de aprovechamiento de los recursos… Entre otros fines, le ha espoleado la curiosidad de conocer otros mundos, y encontrar explicaciones para lugares y fenómenos desconocidos. Por cualquiera de esas vías el hombre ha descubierto al otro y se ha redescubierto a sí mismo. Pero también ha habido y hay viajeros forzados a serlo –exiliados y refugiados–, personas obligadas a moverse en el espacio, y quienes lo hacen, simplemente, en busca de alimento.

Con todo, sea cual sea la motivación, el viaje constituye siempre una experiencia compleja, intensa y muy personal, cuyo testimonio muy a menudo se plasma en relatos, crónicas, películas, informes y conversaciones. La memoria, el relato oral, el testimonio pasado al papel más tarde, la grabadora y el ordenador más cerca de la actualidad, se erigen, junto al grabado, el dibujo y la pintura, en los vehículos materiales del testimonio que se nos ha dejado.

El léxico de toda lengua es otro género de testimonio del viaje, pues las denominaciones de accidentes geográficos y climáticos, de animales, de especies vegetales, como también de multitud de productos –artefactos, enseres, etc– constituyen la plasmación en una palabra de eso, los realia.

El léxico patrimonial del español lo forman palabras que suelen tener étimo latino o griego, o étimo latino con base griega. Eso da, en muchas ocasiones, duplicidades léxicas. Posiblemente una de las dos palabras se considera de registro más culto. Sirvan de ejemplo miedo/fobia, o mar/piélago. A veces el hablante puede no advertir la relación entre pares de nombres, como creo que ocurre en las parejas salida/éxodo (si bien la modernidad lo habrá familiarizado con el letrero de exit), y transeúnte/peatón.

El CiervoDebido a una presencia de ocho siglos de hablantes de árabe en la Península Ibérica, una parte del léxico del español procede de esa lengua. Como ocurría con los ejemplos anteriores, es posible que el préstamo conviva con otra palabra, de origen latino o griego. Por descontado, unas tienen un uso más general en tanto que las otras pueden ver restringido su uso al ámbito rural. Dos ejemplos son: pozo/aljibe/alberca y pendientes/zarcillos/ajorcas. Son multitud los nombres de animales ( jaguar), de árboles ( sequoia, baobab) y plantas o tubérculos ( tomate, batata), de productos comestibles, de bebidas..., denominaciones propias de campos del conocimiento que con el paso del tiempo no cesan de ampliarse, en razón de los viajes, del viaje del conocimiento ( géiser, iglú, tundra. sabana, plancton, kril). Podremos tener solo un conocimiento cultural y no haber visto nunca un koala, podremos no haber comido nunca el alga cochayuyo, de Chile, pero en otros casos nuestra cultura está ya familiarizada, como es el caso del kiwi o de la andina chirimoya, cultivada en varias provincias españolas.

También las tradiciones gastronómicas favorecen ese viaje y posterior adopción de palabras. Así han llegado a España las pizzas, las arepas, las enchiladas (del ‘chile’), el hummus, el sushi, sazonadores como el catsup, el tabasco, o la salsa jalapeña. A la vez, se bebe champán, vodka, ginebra, güisqui, vermú, ponche, coñac, raki, ouzo o, simplemente, café y .

Nombres de piezas de indumentaria, originarias y propias de un lugar pueden conocerse culturalmente, o pueden haberse adoptado a miles de kilómetros del lugar del cual eran o son propias. Menciono, entre piezas de ropa: poncho, kilt, kimono, caftán, chilaba, peplo. En el terreno del calzado menciono: mocasines, katiuskas, babuchas. La velocidad de transformación de la industria, del comercio y del mercado de la oferta explica que, desde el inglés hayan llegado muchas denominaciones ( blutchers, oxfords, sneakers, loafers, slippers, peep-toes), que el nombre de un famoso diseñador dé nombre a su creación: unos manolos (de Manolo Blahnik), como las merceditas (de María de las Mercedes de Orléans), o los Mary Jane norteamericanos (de un personaje creado por unos fabricantes de calzado; en ambos casos estamos ante una metonimia). También han viajado los juegos o los deportes, se practiquen o no. Sus nombres los han acompañado en el viaje de adopción: naipes, ajedrez, dominó, parchís, backgammon, mahjong, entre los juegos; fútbol, rugbi, polo, sumo, surfing, bobsleigh o curling. De hecho, cualquier nueva ‘actividad’, ‘costumbre’ o ‘moda’ copia su nombre: balconing, selfie.

Del ámbito musical (bailes, tonadas, instrumentos) eslavo hemos tomado prestadas, por ejemplo, las palabras polca, mazurca, balalaika, mientras que milonga procede del sureño Río de la Plata. Sin que se haya adoptado la institución (lo que sí ha hecho con el alcalde o el alguacil, o en el caso del ombudsman, para el que se cuenta con el equivalente defensor del pueblo), o reproducido la jerarquía, la lengua española se ha enriquecido con denominaciones de cargos (religiosos o políticos), jerarquías, oficios, grupo social o casta: derviche, del persa; el pope ortodoxo, el chamán, el gaucho, el cacique, el cosaco, el mujik, el zar, el almuédano/almuecín/muecín, el bandeirante brasileño. En el mediático y tecnificado mundo actual, claro que nos nutrimos de voces que han viajado, préstamos que pueden consolidarse o caer en desuso: coach, blogger, influencer, y muchas otras.

Un fenómeno cultural de interés es el que se produce con la palabra taína canoa, embarcación que conocieron los europeos (que usaban el genérico barcos, o almadías) de los naturales de América del Sur (y en todas las lenguas se halla prestada, con poca diferencia formal ni designativa), pero no los de México, que usaban el termino acal, del náhuatl, que no ha prosperado como voz general. Y en Bolivia se usa la palabra totora, embarcación construida con juncos, no ya de madera, de un solo tronco. Sin embargo, la palabra canoa se llevó a Extremo Oriente, donde ya existía el vocablo sampan para denominar un bote a remos, término usado en zonas de muchos países asiáticos. Y cuando los expedicionarios españoles llegaron al norte de la costa del Pacífico, a Alaska, denominaron canoas a los kayaks de los inuits, que se construían con piel de foca y tenían cubierta.

La lengua sefardí, judezmo, judeoespañol o ladino comparte voces que del latín pasaron al romance castellano ( arina/harina, de farina, guevo/huevo, de ovo), comparte voces que se tomaron prestadas del árabe ( alsafrán/azafrán; azete/aceite, asukar/azúcar), y utilizó voces americanas ( tomat/tomate), y, como es conocido, mantiene formas cuyo equivalente español ha sido substituido por otro término hace ya mucho ( antojos/anteojos/gafas). En el año 2015 la Real Academia de la Lengua Española nombró a ocho miembros corrrespondientes (para el ladino) y tiene el proyecto de que una academia de esa lengua se incorpore como miembro a ASALE, la Asociación de Academias de la Lengua.

El proceso de adopción de denominaciones de realidades conocidas en los viajes, parte de las cuales se adoptó, junto a los nombres, en nuestro país, no va en una sola dirección. A través de la lengua española, han entrado en el ámbito del inglés y de la cultura de los Estados Unidos tabaco, cacao. sangría, mate, iguana, caimán, huracán, criollo, mestizo, corral, patio, calle, rancho, rodeo, torero, matador, paella, siesta, o guerrilla.

Los hispanos de los EE UU han adoptado voces del inglés, hispanizándolas, lo que se da en bísquete, de biscuit, con base francesa; candi, de candy, para caramelo; confleis, de corn flakes; marqueta, de market, es decir, mercado o supermercado; picle, de pickle, por pepinillo; pinat, pinate o pínot, de peanut, por cacahuete. Algunas voces son de uso general en Latinoamérica, no solo en los E UU, como panqueque. Estas voces pueden considerarse muestras de anglicismos del español estadounidense, o muestras de spanglish. Y se encuentran muy a menudo en los textos de los autores chicanos, como Sandra Cisneros, Ana Castillo, Gloria Anzaldúa, estadounidenses de origen mexicano. Aparte están los puertorriqueños, o los dominicanos, como Junot Díaz.

Resumamos: el viaje del ser humano comporta el conocimiento de nuevas realidades, que pueden implantarse, trasladarse al lugar de origen del viajero, o bien permanecer como conocimiento enciclopédico. De modo paralelo, las palabras han viajado y se han tomado prestadas de su lengua de origen; a veces han actuado lenguas transmisoras intermedias (el francés y el alemán, por ejemplo, han servido de puente para la entrada de voces a las lenguas eslavas).

La historia de la lengua, la etimología, la lexicología y la lexicografía son ciencias lingüísticas que favorecen que encontremos explicación de por qué existen determinadas voces, por qué tienen la forma que tienen, si bien, en determinados casos, la referencia de esa voz y su significado se ha alejado, con los siglos. La bodega, del español, ya no recuerda la antigua botica; sin embargo, nos es familiar el término francés boutique, y, claro está, la palabra botiga, del catalán, o la bottega del italiano.