¿Es el enemigo? Que se ponga  

¿Es el enemigo? Que se ponga

Jaume Boix

En el centenario del admirable humorista Miguel Gila –nació el 12 de marzo de 1919–, apetece recordar con agradecimiento su personaje del soldado con casco y teléfono que retrataba como nadie el enorme absurdo de la guerra. Aquellos geniales monólogos – ¿Es el enemigo? Que se ponga – fueron la mejor parodia de un diálogo de auténticos besugos. Y demostraban, una vez más, que de una suma de monólogos no resulta un diálogo: como mucho el club de la comedia.

Hoy se pide diálogo casi por todas partes pero parece que se hace otra vez desde los monólogos. Téngase en cuenta que ni la reclamación del diálogo ni su reiterada invocación son garantía de nada si no llevan adheridas una disposición, un propósito, un método y, en suma, una voluntad, la buena voluntad de entenderse.

El CiervoEl Ciervo, en muy diversas circunstancias, ha defendido el diálogo como forma de resolver problemas: mejor hablar que gritarse; mejor la mesa (si buena, dos veces) que el ring; mejor escuchar que solo oír; mejor aceptarse que rechazarse; mejor seguir jugando que romper la baraja.

También ahora, en estos momentos de oportunismos políticos y grandes mentiras convertidas en munición, cuando incluso el diálogo, esa palabra, se usa como mástil de banderas con que unos y otros se amenazan, se engañan y se acusan –nosotros queremos, vosotros no nos dejáis, ellos no pueden– parece pertinente recordar que el diálogo es algo más serio que un eslogan. Es una escuela. A dialogar se puede aprender. Tenemos en todos los campos del saber una rica tradición de cultivo del diálogo –cultural, filosófico, literario, político, social, religioso– y puede ser bueno acudir a ella para tomar ejemplo e inspiración. Por eso hemos pedido para este número a destacados especialistas y pensadores algunas reflexiones que nos ayuden a dialogar. Y es más, hemos completado sus lecciones con un ejercicio práctico, un juego entre nuestros colaboradores que consiste en que nos cuenten con quién les gustaría pasar una tarde de conversación, charlando amigablemente, que es la forma más plácida de diálogo. Verán que todo este paquete da que pensar. Sobre el diálogo político, por ejemplo, ahí van algunas sugerencias:

• El diálogo no sirve para vencer. Quizá, aunque no siempre, para convencer. Pero sirve para acordar: con mayor o menor convencimiento, con más o menos cesiones, el diálogo es un éxito si de él se sale con acuerdos aun en el caso de que estos consistan en definir, apartar y aparcar los desacuerdos.

• La política es el arte de solucionar, prevenir y evitar los problemas de la convivencia mediante la palabra, el parlamento el diálogo, pese a que a menudo se parece más al arte de crear problemas, enmarañarlos y agravar sus indeseables consecuencias. Esto siempre beneficia a alguien, que suele presentarse, además, como abogado del diálogo. No hay que confiarse.

• Los requerimientos previos a un diálogo que pretenda ser fructífero son muy parecidos a las preguntas fundamentales que todo periodista trata (o trataba) de responder al escribir sus textos. Quién: quiénes son los interlocutores y cuáles sus credenciales, atributos y competencias. Qué: sobre qué se dialoga, cuál es el tema, el temario, qué entra y no entra en él. Conviene no engañar sobre este punto. Y no engañarse. Cómo: el método, las reglas, el marco y sus límites, unos quizá franqueables de algún modo, otros no. Cuándo: el calendario, fruto del equilibro entre los que tienen prisa y los que quieren pausa, el ritmo, la paciencia, las posibles prórrogas. Dónde: el o los escenarios que den sosiego, neutralidad, luz a la razón y distancia del foco del conflicto y su estallido emocional. Para qué: el objetivo del diálogo ha de ser común, compartido. Las dos partes dialogan para hallar una solución conjunta, un acuerdo que les permita seguir conviviendo, mejorando si puede ser las circunstancias de esta convivencia, aceptando que no hay una razón sino razones a uno y otro lado de la mesa y suscribiendo las condiciones que entre los dos acuerden. No hay diálogo sin condiciones, para eso están los monólogos.

• No es bueno que tras un proceso de diálogo los interlocutores no se hayan movido ni un ápice de sus certezas. Esto puede darse en una negociación, pero en un diálogo es un fracaso. Un buen diálogo hace que uno salga de él habiendo aprendido algo, habiendo cambiado un poco. Por eso conviene acercarse al diálogo no solo sabiendo dónde estamos y de dónde venimos –no está de más preguntarse también de vez en cuando quiénes somos– sino sobre todo pensando adónde iremos a parar, e imaginando en qué condiciones queremos estar una vez el diálogo se dé por concluido: dado que cuando se levanten de la mesa, las dos partes, como el dinosaurio, seguirán estando ahí, sería aconsejable e inteligente desear que tras el diálogo estemos, todos, mejor que antes de iniciarlo. Y hacer lo imposible por conseguirlo.

• El teléfono ha evolucionado mucho y seguramente hoy Gila diría: “Siri, ponme con el enemigo”. Estaría bien para su monólogo. Pero el diálogo siempre es mucho mejor presencial, viéndose las caras y dándose las manos.