Esta Europa nuestra  

Esta Europa nuestra

Javier Solana
Presidente del Center for Global Economy and Geopolitics (ESADEGEO).
Fue alto representante para la política exterior y de seguridad común de la Unión Europea y Secretario General de la OTAN.


La Unión, baluarte del multilateralismo

La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos cayó como un jarro de agua fría sobre los valedores de la cooperación global. El mensaje era claro: el multilateralismo que se asociaba a figuras como los expresidentes Barack Obama o Bill Clinton había llegado a su fin. El rechazo de Trump al Acuerdo de París contra el cambio climático o al Pacto Mundial sobre Migración han puesto de manifiesto las consecuencias derivadas de su tristemente célebre consigna America First.

Debemos admitir, no obstante, que las tendencias unilaterales llevaban años presentes en la política exterior de Estados Unidos, así como de otras grandes potencias, en mayor o menor medida. La Rusia de Putin, por ejemplo, se ha caracterizado por defender unilateralmente sus intereses nacionales, y la anexión de Crimea en 2014 es una prueba inequívoca de ello. China, por su parte, suele adoptar una retórica multilateralista, como hizo el ministro de Exteriores Wang Yi en el Debate General de la Asamblea General de la ONU de 2018. Sin embargo, sus actuaciones en materia de política exterior –como en el mar de la China meridional– se desmarcan en ocasiones de todo enfoque colaborativo.

El CiervoTras el comienzo del nuevo milenio, el mundo se ha vuelto progresivamente multipolar. A diferencia de lo que ocurría a finales del siglo pasado, hoy en día ninguna potencia puede ser considerada hegemónica. Los múltiples desafíos derivados de dicho escenario han de ser abordados de manera conjunta; de lo contrario, existe el riesgo de entrar en una espiral caótica que podría conducir a una mayor inestabilidad internacional.

En este nuevo escenario geopolítico, la Unión Europea debe desempeñar un papel fundamental. No podemos olvidar que la propia semilla de la Unión es el multilateralismo, que ha permitido a sus Estados miembros disfrutar de un período de paz sin precedentes en su convulsa historia. Esta experiencia colectiva debe servir de ejemplo para hacer frente a los actuales retos globales.

Con tal de preservar su modelo frente a las propensiones unilaterales de otras grandes potencias, y de dotarlo de un mayor grado de efectividad, la Unión Europea ha de continuar profundizando en su integración institucional. La consecución de este propósito dependerá en gran medida de las elecciones europarlamentarias de finales de mayo. Si las tesis nacionalistas de políticos como Matteo Salvini o Marine Le Pen terminan por imponerse, el proceso integrador que ha caracterizado a la Unión Europea desde sus comienzos puede verse en claro riesgo.

Si, por el contrario, los electores continúan apostando por una Unión Europea fuerte, los Estados miembros serán capaces de maximizar su influencia en un mundo cuyo centro de gravedad geopolítico se está alejando, al trasladarse del Atlántico al Pacífico. De esta manera, la Unión Europea podría erigirse como baluarte contra una realpolitik egoísta y cortoplacista que resulta nefasta para la gestión de bienes públicos globales como la estabilidad del clima y la seguridad internacional. Respecto a este último, cabe destacar el histórico papel de la Unión en la adopción del pacto nuclear con Irán, un hito del multilateralismo que debemos esforzarnos en salvaguardar tras el rechazo por parte de la Administración Trump. Pese a los mitos que difunden los euroescépticos, una Unión Europea más integrada y cohesionada llevaría a sus Estados miembros a ganar, no perder, capacidad de maniobra. En un escenario donde cada vez más voces –tanto estatales como no estatales– pugnan por hacerse oír, los países europeos deben unir las suyas. Y deben hacerlo para promulgar un multilateralismo basado en la experiencia comunitaria. Decir que el modelo de la Unión Europea debe prevalecer no significa caer en el eurocentrismo, sino rebelarse ante los repliegues nacionalistas para proclamar el más constructivo de los eslóganes: “el mundo primero”.