Europa, migrantes: SOS  

Europa, migrantes: SOS

Iñaki Pardo Torregrosa, Periodista

El flujo migratorio, la respuesta de Europa y la falta de consenso agrava una crisis que reclama soluciones. En este número tratamos de ello en el Consejo de Redacción, página 4, y en estas que siguen. Es también el tema del 43 Premio El Ciervo-Enrique Ferrán. Aquí, Iñaki Pardo aporta la visión de varios pensadores ante la llamada de refugiados a las puertas de Europa y Andreu Missé mira a África y pregunta dónde están los valores que fundaron Europa.

“Lo que vivimos en Europa no es una crisis migratoria, es una crisis política a costa de los inmigrantes”, afirmó en la Eurocámara el líder del grupo de los liberales, el holandés Guy Verhofstad, en julio.

Europa lleva años inmersa en una crisis multifactorial de la que no sale pese a los numerosos anuncios a bombo y platillo de refundación y de búsqueda de una mayor integración entre los estados miembro. Tras el triunfo del Brexit en 2016, la Unión Europea (UE) optó por la defensa, la seguridad y la economía como ejes vertebrales de su proyecto y por aceptar “las dos velocidades” en la integración para paliar el riesgo de fuga de otros miembros de la UE y como cordón sanitario a la crecida del euroescepticismo xenófobo que reclama más soberanía nacional.

El último acuerdo migratorio, que parecía un chaleco salvavidas hecho a medida para Angela Merkel, es una muestra de ello. Formar parte de él es voluntario y se deja sin resolver la cuestión migratoria una vez más. Aunque salva al gobierno alemán de la fractura, no soluciona nada y eso es preocupante; máxime cuando los pronósticos vaticinan que habrá más movimientos de personas rumbo a Europa hasta 2050 por la inestabilidad en otras regiones.

Las guerras de los últimos años en Oriente Medio a resultas de la geopolítica de las grandes potencias, la inestabilidad posterior a las primaveras árabes y las hambrunas y otros conflictos en África subsahariana han provocado la denominada “crisis de los refugiados”. Europa y la banca tienen un papel destacado en ello con el comercio de armas que nutren esos conflictos, tal y como recuerda el Centro Delàs de Estudios por la Paz. Ese escenario ha dado alas al populismo xenófobo, que promete protección para los ciudadanos que considera de primera clase ante los “peligros” del extranjero.

Este fenómeno no es nuevo. John B. Judis explica en La explosión populista (Deusto) que ya sucedió algo similar en la segunda mitad del siglo XX. Después de años de gran aumento de los trabajadores no nacidos en Europa surgieron varios partidos que ya a finales de los años 80 y 90 mostraron su rechazo a los extranjeros en tiempos de vacas flacas. Durante el último lustro han cobrado un protagonismo inusitado: en 2005 no llegaban a los diez millones de votos en el total de la UE, en 2013 estaban por debajo de los 14 y en 2017 rebasan los 28 millones de papeletas, según datos recopilados por la periodista Laura Aragó Navarro.

La profesora de la Universidad de California Wendy Brown recuerda en Estados amurallados, soberanía en declive (Herder) que “asociar al extranjero con la diferencia y el peligro es tan antiguo como la comunidad humana”. “Los muros son una pantalla en la que puede proyectarse la figura antropomorfa del otro como causa de los infortunios nacionales, que abarcan desde la disolución de la identidad nacional en su aspecto étnico hasta el consumo de drogas, el crimen y la disminución de los salarios reales”, apunta. Sostiene que los muros proyectan una “imago nacional de bondad, un deseo que externaliza totalmente los males de la nación y niega los efectos desagradables sobre los demás”, además de proporcionar “una defensa psíquica contra el reconocimiento de los fracasos internos o sistémicos, que se reubican en el exterior”.

En ese sentido, Slavoj Žižek se pregunta “qué dice sobre la debilidad europea esta obsesión sobre la amenaza de la inmigración” en ¿Dónde vas, Europa? (Herder). El filósofo italiano Roberto Esposito afirma en el mismo libro que la fragilidad y las crisis europeas tienen su origen en “privilegiar la dimensión económica respecto a la política”. Además, advierte que “la bandera de los intereses populares no puede dejarse en manos de unos partidos populistas antidemocráticos y racistas”.

El CiervoAnte la mano dura en materia de fronteras y refugiados de la presidencia de turno de la UE, en manos de Austria, Verhofstad instó a estudiar las cifras en vez de generar alarma. Massimo Livi Bacci, catedrático emérito de Demografía de la Universidad de Florencia, decía hace unos días a La Vanguardia que entre mediados del siglo XIX y la I Guerra Mundial se estima que alrededor de 50 millones de personas salieron de Europa hacia otros continentes.

Sobre ello, Manuel Castells resalta en Ruptura, la crisis de la democracia liberal (Alianza Editorial) que “con el pretexto del peligro terrorista se han cerrado muchas puertas de asilo humanitario, olvidando el tiempo en que los europeos lo necesitaron y lo recibieron de otros países”. Además, señala que tanto la crisis económica como la migratoria han dejado una UE fraccionada y se ha evidenciando “la precariedad del proyecto”, a lo que se suman la falta de identidad común, el déficit democrático, etc.

El riesgo de islamización de Europa no es tal aunque sea un discurso habitual en la extrema derecha después de varios atentados en capitales europeas. Atizar ese miedo da buenos resultados electorales en los tiempos en que la emotividad y lo irracional dominan la esfera política occidental. En 2016 el porcentaje de musulmanes en Europa era de un 4,9 por ciento, según el Pew Research Center; y los expertos señalan que la radicalización de los jóvenes que atentan –sobre todo europeos– responde a motivos de índole interna como la exclusión social. Las cifras y los matices importan.

Después de la llegada de los ultras al poder en algunos países, es fácil rasgarse las vestiduras y clamar contra ellos desde una superioridad moral a menudo ineficiente en las trincheras políticas. Antes del efecto Salvini y de que el avance de la extrema derecha haya condicionado las políticas de varios países –Alemania y Austria son un buen ejemplo–, Europa ha incumplido de forma clara sus compromisos en materia de asilo y ha optado por la externalización de sus fronteras desde el cierre de la ruta de los Balcanes y el pacto con Turquía en 2016. Como consecuencia aumentó el tránsito en la ruta a Italia por la fosa común del Mediterráneo central, más peligrosa y mortífera que la travesía a las islas griegas. Además, el operativo europeo de rescate de Frontex de 2014, la Operación Tritón, era menor en infraestructura y presupuesto que el desplegado por Italia, la Operación Mare Nostrum, después de la tragedia de Lampedusa un año antes.

La receta de la UE en estos últimos años ha pasado de la acogida al reparto de los refugiados por cuotas en los estados miembro. Tras el fracaso de esa estrategia y el colapso de los convenios de Dublín la solución ha sido regar con dinero a los países del norte de África desde los que los refugiados embarcan (si llegan hasta allí con vida) rumbo a Europa para que contengan a los migrantes y hagan de gendarmes después del éxito del experimento turco. La última solución pasa por centros de internamiento que algunos quieren fuera de la UE, devolver los migrantes al país de llegada, más seguridad y volver a aplicar la normativa de Dublín: se pide asilo en el país de entrada a Europa. Se ha cortado el flujo de migrantes pero el porcentaje de muertos y de desaparecidos –sobre estos últimos nunca hay una información fiable y se teme que son muchos más– ha aumentado. Nadie pone las luces largas para ver qué viene más allá del hoy.

Como antídoto al argumento de que la llegada de los refugiados es fruto de las mafias, el arzobispo franciscano de Tánger, Santiago Agrelo, decía en un tuit que “las mafias no explotarían emigrantes si los Gobiernos no se los hubiesen entregado”.

Adela Cortina aporta al debate el término aporofobia. “No repugnan los orientales capaces de comprar equipos de fútbol ni los futbolistas de cualquier etnia o raza que cobran cantidades millonarias pero son decisivos a la hora de ganar competiciones”, destaca la filósofa en su libro Aporofobia, el rechazo al pobre (Paidós). “El problema no es entonces de raza, de etnia ni tampoco de extranjería. El problema es de pobreza. Es la fobia hacia el pobre la que lleva a rechazar a las personas, a las razas y a aquellas etnias que habitualmente no tienen recursos y, por lo tanto, no pueden ofrecer nada, o parece que no pueden hacerlo”, concluye.

El filósofo esloveno Žižek, no obstante, advierte sobre la “idealización humanitaria de los refugiados” y llama a “afrontar abiertamente las dificultades que se plantean cuando cohabitan personas con diferentes modos de vida”. Apuesta por “hablar abiertamente sobre todas las cuestiones desagradables sin llegar a un compromiso con el racismo” y por reconocer que “todos somos, cada uno a nuestra manera, unos lunáticos extraños” como única esperanza para una coexistencia tolerable de diferentes estilos de vida.

La receta de Zygmunt Bauman en Extraños llamando a la puerta (Paidós) pasa por conversar con el extraño, “establecer horizontes comunes” y alcanzar un entendimiento mutuo, algo que siempre es un proceso inacabado y que no debe buscar un control completo de ninguno de los conversadores. El pensador polaco hace suyas tesis del filósofo Hans-Georg Gadamer y remata su obra con una cita de Cosmopolitismo: la ética en un mundo de extraños (Katz) del filósofo angloafricano Kwame Anthony Appiah: “Las conversaciones que se entablan más allá de las fronteras pueden ser placenteras o meramente enojosas, pero su principal característica es que son inevitables”.