Formación Profesional: ¿La nueva universidad?  

Formación Profesional: ¿La nueva universidad?

La valoración social del trabajo: falta aprendiz

José Miguel Sunyer, psicólogo social

Por primera vez tenemos un ministerio que da a la Formación Profesional el mismo valor que a la Educación. Al menos en el título. La FP ha sido hasta ahora la hermana pobre, o casi, del sistema educativo y parece buena cosa que el Gobierno le dé el rango que merece. Veremos. La FP se ha considerado como una alternativa a los estudios universitarios, el recurso de los malos estudiantes o de los que desconfían, y no sin razones, de un sistema universitario convertido en expendeduría de títulos y fábrica de parados. ¿No puede esto cambiar?¿La FP no podría convertirse en una auténtica universidad, el espacio donde se capacite a los jóvenes para incorporarse al mundo del trabajo pero donde adquieran, además, unos niveles de excelencia, de competencia profesional y formación intelectual iguales o mejores que los universitarios? En una reciente entrevista (El País, 19.08.2018), el influyente sociólogo Richard Sennet decía: “Trato de quitar de la cabeza a mis alumnos que la vida intelectual depende de las universidades. En cualquier profesión uno puede y debe tener una vida intelectual activa. Es fundamental que cualquier persona tenga conciencia de su capacidad intelectual y de su necesidad de contribuir a este desarrollo. Incluso si uno no tiene una carrera universitaria”. En nuestro Trasfondo, varios profesores de universidad y de FP abordan el asunto.

La educación vuelve a estar sobre la mesa de las decisiones gubernamentales. Lo estuvo siempre; pero de poco ha servido. A no ser que lo que se quiera sea ganar votos. Tras la publicación del primer Libro blanco de la Educación en España, sobre los años 70 de la centuria pasada, una de las decisiones que me sorprendieron fue que a los aparejadores se les iba a llamar arquitectos técnicos. Tenía 21 años. Pensé, ¿y cambia algo el nombre? Cambiamos el nombre de las cosas pero no vamos al fondo de la cuestión.

Se quiere potenciar la formación profesional. A todos nos interesa. Una oportunidad para quienes no pueden acceder al mercado laboral desde una formación universitaria, por ejemplo. Pero la pregunta que me hago es ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Podríamos incluso pensar que esa “idea” –parece que de la chistera de los gobernantes siempre salen ideas con las que seducir al personal– puede ser otra fuente de ingresos: se crean escuelas profesionales y… más negocio a la vista. Pero, ¿y la base? ¿Podríamos preguntarnos qué hemos hecho los de nuestra generación y posteriores que hemos olvidado algo tan básico como la formación profesional? Ya no hay aprendices. Aquel cartel que veíamos con frecuencia de “se busca aprendiz”, hace años que no está en los cientos de trabajos en los que se precisarían. ¿Qué pasó?

El CiervoSomos una sociedad de universitarios y universidades. En mi profesión salen cada año miles de licenciados. Pero los centros de trabajo que podrían requerir de sus servicios no disponen de plazas para ellos. Que –está mal que lo diga–, salen con el título; pero sin formación. Y me imagino que lo mismo sucede en el resto de las profesiones.

Es posible que el deseo de obtener beneficios económicos sea una de las razones por las que hemos vendido la moto de “si no haces carrera no te ganarás bien la vida”. De hecho, ser un hombre de carrera se ha emparejado con una buena posición económica. ¿Habremos enloquecido como sociedad? ¿Podríamos hablar de sociedad enferma? Sí, si consideramos que ello no significa que todos y cada uno de sus integrantes lo esté. Aquí el todo es más –es diferente– que la suma de las partes.

Mi generación no participó en la guerra civil. Pasamos penurias y consecuencias –no tantas como las que pasaron nuestros padres– y tras la nueva Constitución descubrimos que podíamos hacer muchas cosas: montar negocios, desarrollar proyectos, etc., porque la España que quedó estaba arrasada, hundida. Y acabamos confundiéndonos con la idea del “pelotazo”, del crecer como la espuma. Comprar casas, coches… Y a ello contribuyó el desarrollo tecnológico. Y las miles de imágenes en las que todo era oro. Todo esto caló y generó una visión eufórica de la vida y de sus posibilidades Una visión maníaca de la existencia que nos condujo a mirar con desprecio a quienes no eran hábiles o no tenían una «formación superior. Pero la realidad es otra. Y cuando un grupo humano, una sociedad decide valorar más al ingeniero que al albañil, al agricultor o a la empleada del hogar…, nadie quiere ser esto último porque ese trabajo ya no tiene “prestigio social”. Todos tenemos que ser licenciados superiores.

Y así devaluamos la universidad y toda formación alternativa. Cuando en realidad debimos ser capaces, socialmente capaces, de prestigiar cualquier trabajo, cualquier forma honrada de ganarse el sustento; por lo que ello representa para una sociedad, un país. Solo si primamos y valoramos el esfuerzo de cada uno por contribuir al bien de todos, no enfermaremos socialmente.