Francisco debe actuar  

Francisco debe actuar

Luis Suñén

Cuando el presidente de la conferencia episcopal estadounidense, Daniel DiNardo, aseguró que la Iglesia sufre una “catástrofe moral”, la pregunta de muchos creyentes fue: ¿se puede ser cristiano a pesar de la Iglesia? Nótese, la cuestión no es si se puede ser católico sino cristiano, es decir, lo que se juega es lo esencial, no su formalización más o menos política. La historia nos demuestra que la Iglesia ha pasado por momentos trágicos, casi siempre relacionados con su uso del poder, pero hoy las cosas son de otro modo. La conducta de los sacerdotes y los religiosos, los obispos y los cardenales que cometieron abusos sexuales o los pasaron por alto, que arruinaron la vida de sus semejantes, coincide con la movilización de lo más sofisticado de la sociedad –el cine y la música clásica– contra los abusadores y el hartazgo de las mujeres contra su papel vicario en la vida cotidiana y hasta en el arte. La Iglesia formaba parte de las huestes del mal y lo sabía y lo ignoraba al mismo tiempo mientras trataba de no cambiar, de no poner más remedio a la situación sino el dejar que las cosas pasaran y el miedo de los fieles fuera suficiente velo protector. Pero las cosas han llegado a un punto en el que al constante desprestigio de la Iglesia oficial no le van a bastar los paños calientes. Los creyentes tienen derecho a exigir definitivamente una Iglesia cristiana mientras los enemigos del papado actual prefieren mirar y esperar a que, una vez más, todo pase. Es muy complicado organizar un concilio, un Vaticano III en el que Francisco planteara implícitamente un vencer o morir, en el que se abriera el sacerdocio a los hombres y a las mujeres casados y fueran los fieles quienes escogieran si quieren o no un pastor célibe a la hora de confiar a él las cosas de su fe y hasta eso que uno y otro pudieran considerar flaquezas humanas y que no son sino aspectos de la vida en general. Acabaríamos así con esa gazmoñería vestida de falsa aristocracia con la que Escrivá de Balaguer despreciaba a lo que llamaba la clase de tropa de la Iglesia, mientras se aseguraba un lugar en el santoral juanpaulino. Ayune cuarenta días Francisco y convoque un concilio o proclame en una encíclica, aprovechando esa bobada de la infalibilidad, las nuevas reglas de una Iglesia más abierta, más abarcadora, en la que el oficinista y el párroco tengan cabida unidos por el amor y no separados por el voto de castidad.

El CiervoVolvamos a la pregunta del principio, esa que se responde en el Credo de la Misa con un punto de orgullosa afirmación de cultura humanística y otro de avergonzada complicidad involuntaria. La cuestión no es ya tanto cómo hemos llegado hasta aquí sino de qué manera vamos a salir de esta. El creyente que ha ido y ha vuelto, el que sabe lo que es la soledad y la alegría, conocerá también que por encima de todo están su fe y su libertad, y que la una probablemente le anima a la permanencia mientras la otra le conduce al abandono, a esa sensación de orfandad que producirá sin duda el ser cristiano sin iglesia, el alcanzar desde la vergüenza el mismo camino que lleva al profeso a ser él solo ante Dios, ese en el que los intermediarios no hacen falta pero, esta vez, sin el auxilio de una ascética cuyo lugar ha ocupado la decepción.

Han sido muchas las manos sucias que a lo largo de la historia han consagrado el pan y el vino o han perdonado los pecados, y lo hemos visto como el resultado de las flaquezas menores en una Iglesia destinada a durar más allá del tiempo. Pero hoy esa misma Iglesia no tiene derecho a pedir perdón a sus fieles y a sus infieles y confortarse pensando que no hay organización humana sin defectos. A la Iglesia le ha llegado el momento de decidir si sigue mintiéndose a sí misma o si prefiere que el mensaje del Reino llegue en su verdad y no en la relatividad, a veces criminal, de las flaquezas humanas. Contra el relativismo pugnaba desde el dogma el papa Benedicto y ya ven dónde estaba. Desde luego no en los que han abortado pero creen, no en los que se han divorciado pero creen, no en los que aman a las personas de su mismo sexo pero creen. El relativismo estaba en los que abusaban, en los que robaban, en los que se hacían con bienes temporales al margen de la ley, en los que se retiraban, después de lo que estimaban deber cumplido, a un piso de primera clase y no a la celda de un monasterio, en los que alababan la santa ira. Y todo, desde luego, aparentando creer más que nadie. O actúa Francisco o esto se acaba: no la fe, ni el amor, ni la justicia, ni la búsqueda del Reino, supongo, pero sí una Iglesia que huele mal.