La huella de Leonardo  

La huella de Leonardo

Elisa Ruiz García
Catedrática emérita de la UCM

Una mente creativa

Leonardo da Vinci (1452-1519) tuvo la suerte de vivir en unas décadas en las que se rendía culto a las Bellas Artes y se aspiraba a disfrutar de la dolcezza del vivere. Su existencia transcurrió en los ambientes más cultos y exquisitos de la Italia del Quattrocento. Esta coyuntura histórica hay que tenerla en cuenta, pues influyó y determinó la trayectoria intelectual y vital del maestro florentino. Su genialidad se debe en gran medida al hecho de haberse desarrollado en tales escenarios.

Fue un gran defensor del antropocentrismo pues consideraba que el hombre construye con sus manos y su mente su propio universo. El objetivo primordial de Leonardo fue descubrir la composición de la naturaleza, averiguar sus reglas fundamentales y competir con ella mediante la creación de modelos analógicos. La grandeza de su planteamiento epistemológico permite establecer una comparación con otra figura genial de nuestro tiempo: Stephen Hawking, quien se propuso explicar el origen y la estructura del universo.

La información contenida en sus manuscritos indica unos polos de atracción que reflejan la forma mentis de un hombre dotado de una curiosidad intelectual insaciable. Este atributo de su personalidad le llevaba a interesarse por una temática de amplio espectro. Cuando se pasa revista a las distintas actividades por él desarrolladas, resulta evidente la importancia y modernidad de su reto multidisciplinario. Estuvo dotado de una mente creativa que le permitió abordar tanto las artes figurativas de manera excelente como variadas profesiones técnicas.

El CiervoLa observación de la naturaleza le proporcionó la certidumbre de que la infinita variedad del mundo físico es el fruto de una combinación de elementos simples que dan lugar a otros cuerpos compuestos. La asunción de esta hipótesis generativa le resultó enormemente fecunda. Aplicó tal método de trabajo a la creación de objetos artificiales. Por esta vía Leonardo da Vinci llegó a ser considerado arquitecto, ingeniero civil y militar, inventor de numerosos ingenios, músico, brillante escenógrafo ( apparatore) gracias a sus dispositivos mecánicos en espectáculos celebrados en la corte, y un largo etcétera.

Su etapa de formación (c. 1465-1477) transcurrió en Florencia, ya que su padre, notario importante en esa ciudad, había establecido un contrato para que su hijo ejerciese como aprendiz en el afamado taller de Andrea del Verrocchio (1435-1488), un artífice polifacético, como lo eran casi todos en la época. La formación artística y técnica adquirida en esa bottega fue determinante (c. 1467-1477). Durante su estancia en dicho taller quizá ayudó a construir algunos ingenios mecánicos, objetos muy demandados en la época con fines religiosos o de esparcimiento. Esta fue su mejor escuela ya que Leonardo no recibió una formación universitaria. Quizá la falta de unos estudios superiores potenció su imaginación y la originalidad de su pensamiento. El autodidactismo es un factor relevante de su personalidad.

La actividad profesional de Leonardo siempre se desarrolló bajo la tutela de un mecenazgo, modus vivendi habitual de las figuras sobresalientes en algún campo: Lorenzo de Médici, Ludovico Sforza, César Borgia, Maquiavelo, Luis XII de Francia, Giuliano de Médici o Francisco I de Francia.

Leonardo amó por encima de todo la vida, la juventud y la belleza. Como es lógico, una persona que apreciaba tales valores no pudo sentir una especial atracción por la etapa del ocaso. En sus cuadernos aparecen reflexiones breves y dispersas sobre la vejez y la muerte en contextos temáticamente ajenos, de acuerdo con su metodología de trabajo intelectual. Tales pinceladas verbales humanizan al maestro:

¡Oh Tiempo, devorador de todas las cosas! ¡Oh detestable ancianidad! Tú destruyes todas las cosas y las consumes con los crueles dientes de la vejez, poco a poco con lenta muerte. [Leonardo da Vinci: Codex Atlanticus”. Milán, Biblioteca Ambrosiana, f. 71r/195r]. “ Creía estar aprendiendo a vivir, cuando lo que en realidad hacía era aprender a morir”. [Leonardo da Vinci: Codex Atlanticus. Milán, Biblioteca Ambrosiana, f. 252r / 680r].

Fugit irreparabile tempus”. El 23 de abril de 1519, el genial florentino otorgó testamento en presencia de un notario real y siete testigos. La manda que aquí nos interesa reza así:

“Item dicho testador [Leonardo da Vinci] dona y concede a messer Francesco da Melzo, gentilhombre de Milán, en concepto de remuneración por los servicios y favores a él prestados en el pasado, todos y cada uno de los libros que en la actualidad se hallan en poder de dicho testador, así como los instrumentos y cuadros propios del arte y oficio de pintor”.

Gracias a este fiel discípulo, Francesco Melzi, se ha conservado una parte de sus manuscritos autógrafos. Desgraciadamente esta producción no fue editada durante su vida en letras de molde, hecho que impidió la difusión de sus logros e ideas. El genial artista falleció el 2 de mayo de 1519, a los 67 de edad. Fue enterrado en el claustro de la iglesia de Saint-Florentin (Amboise), en la actualidad destruida.