La puerta dorada  

Migrantes en un mundo nuevo

La puerta dorada. Artículo ganador del 43 Premio El Ciervo-Enrique Ferrán

José Ramón Alonso

Un verano hice con David, mi hermano menor, el árbol genealógico de la familia. De los registros civiles pasamos a los libros parroquiales, fuimos yendo de pueblo en pueblo trabajando esa extraña colección donde cada vez que encuentras un nombre te faltan dos más. Algunas ramas aparecían pronto quebradas: los archivos son presas de las guerras y víctimas del fuego y la incuria, pero en otras líneas llegamos hasta el siglo XVI y frente a pocas glorias encontrabas la fuerza de la vida, padres que trabajaban hasta morir y dejaban en la testamentaría dos camisas, una capa, dos sillas y una mesa. Junto a la amplia representación de campesinos que se casaban con una muchacha del pueblo de al lado, aparecían rastros de otros más viajados: «soldado, muerto en Flandes», «partió al virreinato del Perú» y algún apellido extranjero. Empresas de análisis genético, como 23&Me y otras, amplían ese rastro más allá de libros de bautizos y entierros. Leen tu ADN y ahí encuentran lo que deberíamos conocer: todos somos mestizos. En tus células viven los genes de tus antepasados, muchos llegados de fuera de la península Ibérica.

El argumento más potente para defender la migración, la acogida y el respeto a los migrantes es ese: son nosotros. Todos somos hijos de migrantes. Estoy convencido de que en mi sangre hay rastros de un romano, un legionario que recibió unas tierras después de treinta y cinco años de servicio a las órdenes de un César. Mi pasión por las fuentes y los jardines debe provenir de algún árabe, uno que llegó a Al Andalus recorriendo las orillas del Mediterráneo, quizá huyendo de matanzas como las que se siguen produciendo hoy en día en las mismas geografías. De niño era rubio y tenía los ojos claros, ¿señales lejanas de un vikingo que remó un día río arriba buscando monasterios que saquear y se encontró con una muchacha de ojos negros? Y no me extrañaría saber que entre esos antepasados que siguen en mí hay griegos, africanos, eslavos, libaneses, alemanes, ingleses, fenicios, irlandeses, comerciantes, mineros, segadores, soldados, fugitivos, buhoneros, leñadores, pastores, médicos... y muchos destripaterrones. Gentes que, por decisión propia o arrastrados por la vida, por ese torrente potente y, a veces, cruel de la historia, decidieron buscar un futuro mejor para ellos y sus familias lejos de casa.

El CiervoNo te dejes convencer por los estrategas del miedo. Vivimos en un mundo global y la última vez que se usó con fundamento el término Fortaleza Europa lo hizo Hitler y su ejército con el desastroso resultado que todos conocemos. Los muros y las alambradas no sirven, pues siempre son más altos los deseos de bienestar y las ansias de libertad. Estados Unidos, el país que lidera el mundo en esta época, es una potencia porque ha sabido integrar a migrantes de todo el mundo, sus hijos se llaman Steve Jobs o Elon Musk. La primacía estadounidense en la ciencia, la tecnología, la innovación o la empresa va ligada a la integración de oleadas constantes de migrantes. Dicen que el llamado sueño americano es una mentira, que es tan difícil triunfar allí como en cualquier otra región del planeta, pero si la gente cree en ello, si piensas que tú sí lo vas a conseguir, has ganado ya esa batalla tan importante, la de la esperanza. Y siempre ha sido así. La civilización nació en Mesopotamia porque aquel territorio entre ríos, sin defensas naturales, era un cruce de pueblos e imperios. En esa encrucijada surgió la escritura, y el arado, las barcas de vela, las matemáticas y la astronomía. Europa, en su mejor versión, ha sido territorio de encuentro, acogida y futuro. Alemania, incluso con un gobierno conservador, ha sido ejemplar y las imágenes de miles de personas esperando en las estaciones para dar la bienvenida a las familias que huían de la guerra de Siria y habían cruzado los Balcanes entre el barro y el miedo forman parte de lo mejor de este siglo XXI que va avanzando entre tinieblas. En Alemania trabajé como un investigador joven en un hospital. A acomodarme en aquella ciudad y en aquel puesto me ayudó un grupo de gallegos, muchos del mismo pueblo, que trabajaban allí desde los años 60 y se encargaban del comedor, del cuidado de los animales de laboratorio, de conducir las ambulancias. Ellos, que llevaban la bata azul de los trabajadores subalternos, se sentían orgullosos de un compatriota, yo, que llevaba una bata blanca, la de los médicos y los investigadores. Cuando veo en la televisión o en la prensa a un migrante que salta una alambrada con una niña en los brazos, me acuerdo de aquellos gallegos porque querían lo mismo, un futuro mejor para sus hijos, que pudieran comer, que pudieran estudiar, que pudieran vivir en paz.

Los cristianos debemos recordar que aquella familia que huyó hacia Egipto eran migrantes, los orgullosos del mundo actual y el progreso pueden acordarse de que Albert Einstein y Ernst Boris Chain, el domador de la penicilina, y otros miles de investigadores, y Madeleine Albright, la secretaria de Estado norteamericana y el propio Arnold Schwarzenegger eran todos migrantes. Siempre son los más valientes, los más inteligentes, los más ambiciosos, los mejores. Ellos impulsan el progreso, crean industrias, destacan en los deportes, construyen futuros. La Estatua de la Libertad, a la entrada del puerto de Nueva York, tiene grabado en bronce un poema que dice:

“Dame tus cansados, tus pobres, tus masas amontonadas que anhelan respirar libres, a los despreciados de tus congestionadas costas.

Enviadme a estos, los desposeídos, basura de la tempestad. ¡Levanto esta lámpara junto a la puerta dorada!”

Construyamos una puerta dorada en cada ciudad, abramos a los migrantes las puertas del futuro, para que los desamparados, los rechazados, los desposeídos encuentren un lugar, un espacio seguro y prometedor. No solo por ellos, también por nosotros. No vienen a robarnos nuestro país, vienen a hacer de él un lugar mejor.

José Ramón Alonso es doctor en Biología, catedrático de la universidad de Salamanca e investigador principal en el Instituto de Neurociencias de Castilla y León.