Lecciones para el diálogo  

Lecciones para el diálogo

Aurora Egido, Catedrática Emérita de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza y Secretaria de la Real Academia Española

Sebastián de Orozco escribió hacia 1580 un Diálogo de la monja descontenta y su eco, estando en unas bóvedas hondas donde resonaba su voz , en el que se recoge el siguiente fragmento:

Monja.- Quiero quexarme de mi desventura, agora que en estas bóvedas hondas me veo sola.

Eco.- Hola.

Monja.- Válgame Dios y ¿quién me vozea?

Eco.- Ea.

El ejemplo acarreado es una buena muestra de cómo, a finales del siglo XVI, se reían a sus anchas de ciertas formas de diálogo, uno de los dos géneros más importantes del Humanismo junto con la epístola. El Renacimiento había recogido la riquísima tradición dialogística de los clásicos grecolatinos tratando de renovarla en el fondo y en la forma, elaborándolos con todo tipo de interlocutores, ya se tratase del Coloquio de la mosca y de la hormiga de Juan de Jarava, o de los más elevados Diálogos de los dioses de Juan de Aguilar. Porque lo cierto es que el diálogo no puede existir sin interlocutores que lo mantengan, a no ser el de la monja solipsista de Orozco, que sólo hablaba consigo misma.

En el actual Diccionario de la Lengua Española, publicado por la RAE y por la ASALE, diálogo, derivado del étimo griego y latino, se define como “Plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos”, junto a otras acepciones que derivan en “Discusión o trato en busca de avenencia” o en un diálogo de besugos o un diálogo de sordos, que no necesitan mayor explicación. El asunto nos llevaría lejos, sobre todo si nos adentramos en lo que significan actualmente diálogo civil, diálogo entre tribunales o diálogo interinstitucional en el reciente Diccionario del Español Jurídico.

El CiervoSi consultamos el Gran diccionari de la llengua catalana en línea, y buscamos la palabra dialogar, observaremos que toma como fuente un texto de la adaptación realizada por Gabriel Busa del Dictionarum latinum-hispanum et hispanum-latinum (Barcelona, Carles Amorós, 1507) de Elio Antonio de Nebrija, considerándolo verbo intransitivo (conversar) o transitivo (posar en diàleg), si se trata de la literatura, la filosofía o la religión. En este caso, comprobamos hasta qué punto la Filología constituye, en sí misma, un diálogo interminable con las palabras en el que todos los caminos se entrecruzan.

Por otro lado, diàleg se define, en el diccionari.cat, como “conversa entre dues persones o més”, ya sea en vivo o a través de internet, tratándose de una “forma discursiva caracteritzada per l’intercanvi d’idees, sovint contraposades i personalitzades generalment entre dos subjectes”. Al definir la palabra, dicho diccionario no se olvida además de que diàleg era una composición vocal de los siglos XVI y XVII en forma dialogada, cuyo texto se caracterizaba por la alternancia de voces.

Las definiciones de diálogo en otros diccionarios del inglés, del francés, del italiano, del portugués o de otras lenguas no difieren demasiado de lo dicho, pues casi todas ellas, como la propia materia dialogística prescribe, inciden en la interlocución entre los hablantes, así como en la necesidad de que haya un turno de palabra entre el emisor o el receptor que permita un intercambio de información o de ideas. Hablamos, claro está, del diálogo oral, pues el escrito nos llevaría a indagar respecto a su presencia en casi todos los géneros literarios, empezando por el teatro o la ópera, donde es esencial, y siguiendo por el cuento, la poesía o la novela.

El diálogo fue el fundamento de la filosofía desde Platón y Cicerón a Joan Rois de Corella, Francesc Moner, Erasmo, Luis Vives o Juan de Valdés, siendo además el vehículo de una obra capital, como el Diálogo de la dignidad del hombre de Fernán Pérez de Oliva, donde este profesor salmantino del Renacimiento planteó una de las claves fundamentales del ser humano, teniendo en cuenta que la lengua o lenguas que este hable son la marca mayor de su dignidad.

La crítica literaria ha desplegado un amplio abanico de posibilidades, que recoge desde la conversación informal y sin preparación previa, al debate parlamentario o la entrevista, considerando además la libertad supuesta por el diálogo igualitario que no pretende imponer las ideas. Su valor didáctico ha recorrido todos los resortes de la enseñanza y del adoctrinamiento, siendo la esencia de multitud de obras dialogadas entre maestro y discípulo. Recordar los diálogos platónicos nos llevaría a planteamientos bien conocidos en los que la voz de un hombre sabio (caso de Sócrates) contesta como un oráculo a las preguntas que se le inquieran. Y sobre todo a una larga tradición en la que caben Fray Luis de León, Galileo, Voltaire y Rousseau, quienes, como tantos otros, partiendo de los clásicos, supieron encauzar a través del diálogo el arco de los saberes, incluidos los científicos. No en vano el diálogo podía abarcarlo todo y desplegar, a través de él, la variedad inherente al punto de vista de cada uno de los interlocutores.

En este sentido, habría que hablar del diálogo común entre hablantes, trasladado ficticiamente al ámbito literario, como fue el caso de El diálogo de la lengua de Juan de Valdés (Nápoles, 1535) o de El Cortesano (Valencia, 1561) de Luis Milán, publicado en catalán y en castellano, a la zaga de Il Cortesano (Venecia, 1549) de Baltasar de Castiglione. Conviene recordar que fue curiosamente el barcelonés Juan Boscán quien lo tradujo, a instancias de su amigo Garcilaso de la Vega, con el título de Libro llamado el Cortesano (Barcelona, Pedro Monpegat, 1534), ofreciendo una de las obras cumbre de la prosa en español. Boscán dijo en el prólogo que le movió a traducirlo no solo la invención, la materia, el artificio y la doctrina, sino que “los hombres de nuestra nación participassen de tan buen libro, y que no dejasen de entendelle por falta de entender la lengua”.

Aparte cabría considerar los Dialoghi d´amore (Roma, 1535) de León Hebrero y toda una filografía dialogada que inundó la prosa y la poesía amorosa a lo divino y a lo humano, como prueban tantas novelas pastoriles del Siglo de Oro desde La Diana de Montemayor o el Cántico de San Juan de la Cruz. El diálogo ciceroniano marcó a su vez el ancho camino de la filosofía moral y de la virtud, patente en muchas obras a lo largo de los siglos, por no hablar de la parte más lúdica y festiva, como la que marcan los Diálogos de apacible entretenimiento (1603) de Gaspar Lucas de Iranzo, tan llenos de gracia.

Juan de Lucena (1431-1501), en su Diálogo sobre la vida feliz, al plantear si esta era posible, no dudó en adscribirla a un género que le permitió hablar sin acritud sobre asuntos tan comprometidos como el de los conversos o el de la limpieza de sangre, abogando por la tolerancia y aspirando a la igualdad en una sociedad sin castas, sin prejuicios y sin diferencias. Lucena no hizo, en realidad, sino transmitir a su manera las ideas del italiano Bartolomeo Fazzio en su Dialogus de felicitate vitae, dedicado a Alfonso V de Aragón.

Y es que la cadena dialogística es tan larga y rica como la de la Historia, y todos los eslabones que la conforman cuentan en ella.; ya hablemos del Banquete platónico, de los Diálogos de Séneca o de los de Luciano y los seguidores de la sátira menipea, que pusieron en tela de juicio o en la picota de la risa las miserias humanas. La misma literatura es un diálogo permanente y mudo entre los escritores del pasado y del presente, que se abre hacia el futuro con voluntad de permanencia e innovación.

Una obra universal como La Celestina mostró la necesidad de espontaneidad y naturalidad en los diálogos; algo que Cervantes transformaría luego en uno de los fundamentos de la novela moderna, al convertir el establecido entre don Quijote y Sancho en pieza angular de su obra. Por lo que atañe al Quijote, no sólo brilla en él, con particular relieve, la riqueza de la traducción, sino la de las lenguas en contacto, cosa que algunos han querido convertir absurdamente en problema. Siguiendo el título de uno de sus mejores amigos, Damasio de Frías, con su ingenioso Diálogo de las lenguas, Cervantes convirtió el Quijote en una lengua para el diálogo con las demás lenguas. Sobre todo, en los episodios catalanes, a partir del encuentro con el bandolero Roque Guinart (tan finamente estudiado por Martín de Riquer), dando así fe de la variedad lingüística existente, más allá del castellano y del catalán, en el camino de ida y vuelta a Barcelona, que lo era también el del viaje a –y desde– Italia, Francia, Alemania y el convulso Mediterráneo. Pero no debemos olvidar una obra maestra como la del Coloquio de los perros del mismo Cervantes, donde, al igual que hiciera Erasmo, el diálogo entre animales dejaba al descubierto las grandezas y las miserias humanas a través de un cambio de perspectiva.

Como señaló Luis Miguel Enciso, el Siglo de las Luces no solo fomentó las reuniones y las tertulias, sino la fe en la cultura, la educación y el diálogo. Este, no lo olvidemos, fue en buena medida precursor de la entrevista actual y del necesario diálogo entre culturas y religiones, tantas veces distorsionado por las fuerzas de poder, al convertirlo en un pulso entre contrincantes. Su análisis a lo largo de los dos últimos siglos nos llevaría a planteamientos políticos y propagandísticos (por no hablar de los virtuales) que alteran su esencia originaria, por lo que conviene incardinarlo en una tradición humanística, en buena parte amenazada, que nos devuelva su verdadero sentido.

No olvidemos que el coloquio bien entendido permite, entre otras cosas, perder el miedo a equivocarnos; ese al que se refería George Steiner en sus conversaciones con Laure Adler entre 2002 y 2014, plasmadas en el libro Un largo sábado, donde recordaba que somos invitados de la vida y el hombre debe vivir entre los hombres, allí donde esté, de la manera más limpia, bella y digna posible.

El diálogo, hijo de la Filosofía, nos impone la razón, el buen entendimiento y la comprensión del otro, así como la argumentación y el debate tranquilo y sosegado, sin que falten, por ello, al reclamo la contradicción o la diferencia. Pero siempre saliendo del solipsismo impuesto por la voz que solo se escucha a sí misma; pues es la voz del otro, de los otros, la que nos devuelve, corregido y enriquecido, el verdadero eco y sentido de la nuestra.