Medio, mensaje, voto  

Medio, mensaje, voto

Jaume Boix
Director de El Ciervo

En el debate, uno de los candidatos gesticula con un letrero entre las manos que no consigue atraer la atención de los demás. Nadie en el plató cuestiona o finge cortésmente interesarse por el contenido del cartelito, ni los ponentes ni los presentadores ni las cámaras ni siquiera, parece, el mismo candidato que lo esgrime. Podría quitarse el sonido y el efecto sería parecido: un señor saca un cartel con unos datos que nadie atiende o entiende y al cabo de poco lo vuelve a guardar. Si se acelera la imagen es como una escena cómica del viejo cine mudo en la que un charlatán de feria fracasa en su intento de vender crecepelo; si se ralentiza, gana en dramatismo la imagen de un orador vencido en su inútil intento de didáctica exposición. La imagen siempre. Un hombre y un cartel. Si el pelo crece o te lo toman, si es cierta o falsa la leyenda del cartel sin nombre, importa poco. La imagen buscada ahí queda fija en la nube que todos tenemos en el batiburrillo del cerebro.

De tal manera, me digo, que el profesor Marshall MacLuhan debe de volver a tener razón. Aquella premonitoria idea suya que destiló en el eslogan agudo y chocante como un buen licor, “el medio es el mensaje”, asombró primero, después interesó, a continuación fue criticada, refutada y desconsiderada por los semiólogos de cabecera como una boutade de semiótica recreativa para, al cabo de un tiempo, ser de nuevo admitida en los círculos donde empaquetan y expenden los saberes y bendecida a la luz de los cambios tecnológicos supersónicos que han vivido los medios en estos tiempos de revolución. Pues sí, estaba bien visto, profesor.

El Ciervo Pensaba en ello, “el cartel es el mensaje”, a la vista de cómo se desarrollan los debates electorales, a los que hemos sido invitados porque tenían lugar en el salón de nuestras casas, concretamente en el plasma frente al sofá. Como un ilusionista profesional, el candidato, hop, hace de repente aparecer el cartelito (vi el truco: lo tenía disimulado en el atril), lo esgrime unos segundos y, aunque figura que lo enseña a la cámara, lo que ve el espectador es un pase rápido, nada por aquí nada por allá, una imagen fugaz de cifras y letras ilegibles y unos gráficos muy bien coloreados mientras oye, más que escucha, la perorata del portante asegurando que, como se ve, el cartelito pone en evidencia y en evidencia deja el desastre de la mala política de su adversario.

No importa, comprendí, que se hable de economía, de corrupción o delincuencia, de sanidad, de escuela pública, de pesca de altura o navegación de cabotaje. El cartel, en realidad una cartulina de poco gramaje, puede incluso ser el mismo cada vez (y así reciclamos) porque nadie tiene ocasión, tiempo, motivo ni, creo yo, la menor gana de leerlo. Ni su portador –al que le basta mostrarlo a poder ser de manera aspaventosa–, ni el receptor de la invectiva —que difícilmente llega a saber de qué historia le está hablando ahora el pesado ese del cartel—, ni el periodista que trata de moderar el debate, constreñido por un reglamento que hace saltar los plomos a la que salta la menor chispa de interés. Con buen criterio los presuntos moderadores se quejaron en los días previos porque no les dejaban intervenir más que para saludar y contar que el tiempo de cada intervención lo cuenta un equipo de árbitros de baloncesto pertrechados con la última y más fiable tecnología cronométrica digital. Bien, pues ahí, en el número mágico de los cartelitos podía entrar el periodismo pidiendo ver de cerca el cartelito y contrastando las cifras que en él aparecen, no fuera a ser que hubiese algún error, un dato equivocado o incluso uno veraz.

Pero no. Poco parece importar la comprobación, el entendimiento del mensaje porque el mensaje es el cartel propiamente dicho, la imagen, el cuadro que forman el portador que lo exhibe, los colorines que se entrevén y el gesto concluyente de guardarlo con un mohín, si puede ser, de indignada satisfacción. Entendido, profesor, tenía usted razón: el medio es el mensaje. Otro asunto es que a tenor de los resultados obtenidos por el candidato más aficionado al ilusionismo cartelero televisivo esta vez no haya colado ni mensaje, ni medio, ni medio mensaje.

El mejor mensaje, para mí, que se desprende de las elecciones generales de este noviembre es que los ciudadanos seguimos teniendo muchas ganas, esperanzas, responsabilidad y confianza en el sistema. El bloqueo que ha llevado a la repetición de elecciones no se ha traducido en cansancio, fastidio o desdén de los electores sino más bien al contrario: la muy alta participación (69,8%) viene a decir que por muy complicadas que aparezcan o se presenten las cosas, aquí no vamos a renunciar fácilmente al voto, no vamos a dejar de creer en la forma mejor de arreglar los asuntos de todos, que es entre todos, es decir participando, arrimando el hombro, un hombro un voto.

Pónganse en marcha ahora de nuevo los representantes, desatasquen, limpien cañerías, reparen daños y desperfectos, cambien las piezas rotas, taponen con masilla las goteras, empasten cielos rasos, barnicen, apuntalen el entablado institucional, desenmarañen, hablen, acuerden, recuerden y salgamos del lío. Los ciudadanos les hemos dado un buen impulso votando mucho. El voto es el medio y el mensaje.