Nueva etapa: esperanzas  

Nueva etapa: esperanzas


Jaume Boix
Director de El Ciervo

Sobre el nuevo gobierno de coalición de izquierdas ya tantos han dicho tanto y tan alto, la mayoría para mal, que parece que han pasado los cien días de carencia que la buena educación democrática y los usos periodísticos concedían. Los tiempos cambian y mudan las virtudes. Se critica al Gobierno antes de que empiece a gobernar, lo que es parecido a criticar una novela antes de que se escriba o una obra de Pirandello antes de que los personajes encuentren al autor.

Lo que por lo visto no ha logrado atraer la atención de los comentaristas es una anécdota que se dio al terminar el debate de investidura. Naturalmente, no tiene la menor importancia pero son estos detalles que a nosotros nos gustan más que las grandes palabras. Resonaba aún el eco de las jeremiadas y lamentos en los dislocados bancos de la derecha, cuando las organizaciones empresariales Ceoe y Cepyme se apresuraron en llamar al nuevo presidente para mostrarle su leal colaboración. Antonio Garamendi, el jefe de la gran patronal, no esperó a que bajaran los decibelios para dar en persona a Pedro Sánchez la enhorabuena y tenderle, dijo, “la mano de los empresarios para conseguir lo mejor para España”.

El CiervoEste estilo de conducta, elegante, pragmática y llena de buen sentido no debería, ciertamente, resaltarse porque es la que se espera de la gente cabal en una democracia. Pero es que resultó chocante por contraste con la que se ha esforzado en mostrar en los últimos meses una derecha que después de perder elecciones una tras otra ha tratado con pésimos modales de impedir que formara gobierno quien las ganó. La Bolsa, por cierto, estuvo también mucho más atinada que aquellas malhumoradas señorías.

Calmado a los pocos días el guirigay y amainando, podemos abrir de nuevo las ventanas y ver cómo ha afectado al paisaje el vendaval. En el momento de escribir estas líneas el fin del mundo no ha llegado, el país sigue en pie, las aguas se mantienen en sus cauces y lo que antes parecían trompetas del apocalipsis se nos antojan desinflados matasuegras de verbena. Una sensación de alivio domina. Tenemos gobierno, que es lo que pedían los empresarios y los sindicatos; tenemos coalición, que es lo que dictan las urnas; tenemos izquierda, que es lo que quiere la mayoría. Bienvenido, pues, el Gobierno y que empiece cuanto antes a trabajar en las reformas prometidas, y tan necesarias, que se resumen en una y no es poca: reducir en lo posible las desigualdades sociales que no han hecho más que crecer en la última década. ¿Servirá este ensamblaje para hacerlo? Eso esperamos.

En el panorama que se dibuja tras la batalla electoral, una bandera flameando en la torre del castillo reclama la atención: una generación nacida en la democracia accede a lo alto del poder en España. El cambio generacional ya instalado en todos los ámbitos de la sociedad se traduce a la política: llegan al Gobierno aquellos jóvenes indignados que se alzaron contra la injusticia provocada por la crisis financiera internacional porque entendieron que debían luchar por su futuro si no querían ser víctimas de él. Pues bien, el futuro está aquí. Es absurdo negarse a verlo e imposible cerrarle el paso. Ahora hay que gestionarlo y todos, los esperanzados y los recelosos, los optimistas y los desconfiados, los inconformes y los resignados saben que no será fácil y se mantienen expectantes.

La izquierda tiene una buena oportunidad. Y también la tiene la derecha. A las dos hay que pedirles templanza y paciencia. A las dos hay que rogarles que no se encastillen, que traten de romper frentes y bloques cerrados y se abran hacia ese centro que, aunque algunos dicen que no existe, al final resulta ser el espacio donde más se reconocen. El diálogo social es necesario y a él se muestran dispuestos empresarios y sindicatos. Hay que hacerlo posible como en su momento lo fueron los Pactos de la Moncloa o los de Toledo. La izquierda no debe caer en la tentación de pedir lo imposible y debería aprovechar la experiencia de gobiernos de coalición, en marcha ya en ocho autonomías y varias capitales, para corregir y afinar la fórmula que se estrena en el gobierno central.

La derecha debería tranquilizarse, asumir su papel de oposición y desde él preparar su regreso, que solo será posible si muestra sentido de Estado, madurez y generosidad. España necesita un centroderecha moderno y positivo. Lo piden algunos dirigentes del PP a los que incomoda la demagogia, el desgobierno y el desorden que otros parecen dispuestos a fomentar. Se puede ser conservador y abierto, conservador y liberal, conservador y partidario de una mejor justicia social porque es la injusticia el peor enemigo de la tranquilidad, la paz y el bienestar. Este centroderecha que en otros momentos de la historia reciente ha demostrado su capacidad para llegar a pactos de Estado beneficiosos se ha echado en falta en los últimos años. Debería volver y sería muy necesario para ayudar a moderar al gobierno de la izquierda.

El Congreso de los Diputados es el dibujo del mapa político de la España de hoy. A lo mejor no es la que queremos, pero es la que tenemos y por otra parte esta es la esencia de la democracia: nunca podrá ser solo como la quieren unos sino que siempre será la que hagamos entre todos. La izquierda va a empezar la década gobernando. Pues muy bien: felices años 20 para todos.