Queridos vecinos  

Queridos vecinos

Jaume Boix
Director de El Ciervo

¿Hay algún estadista libre?, nos preguntábamos hace dos meses en esta página a la manera de Diógenes, el cínico que ni a la lumbre del candil conseguía encontrar a un solo hombre honrado en toda Atenas. Pues sí, alegrémonos amigos, la respuesta es positiva: ¡hay uno! Un hombre de Estado ha aparecido de repente en, quién lo iba a decir, Barcelona, menuda sorpresa. Se llama Manuel Valls y desde el modesto cargo de concejal de la oposición en el consistorio ha dado una lección gratuita de inteligencia, densidad y reflejos políticos, comportamiento modélico y vocación de servicio público. Por desgracia para ellos, a su clase no asistieron, parece que ni como oyentes, esos dos neófitos empecinados, ocupados como están en la disputa del liderazgo de la derecha, altísima misión a la que se entregan con cuerpo y alma de opositores y un patriotismo en boca que, como todos, resulta pesado, raspón, tánico y da una sensación retronasal avinagrada de alta intensidad.

Aléjense de Vox, les decía Manuel Valls. No jueguen con el nacionalismo, insistió. El fuego quema. Cuanto peor, peor. La extrema derecha pone en peligro el proyecto de Unión Europea, avisaba. Nada. Oídos sordos. Que se ocupe el francés este de aterrizar sano y salvo en Barcelona, que bastante le costará, y nos deje en paz –asomó durante la campaña algún conato de inquina vecinal que por suerte no fue a más–. Pues fue el caso que Valls aterrizó como un experto piloto con muchas horas de vuelo y a las pocas de perder las elecciones demostró a estos chicos y a los mayores cómo se ganan: anunció que daba sus votos a cambio de nada a su rival, la alcaldesa populista de izquierdas Ada Colau, para impedir que otro populismo, el separatismo catalán, que además ha perdido peso electoral en la ciudad, acabase colgando la anhelada cabeza de Barcelona en su salón de trofeos de caza. Y ya por el mismo precio Manuel Valls dio con su gesto una lección también a los secesionistas y a los izquierdistas que claman por el derecho de autodeterminación de los pueblos y que, con pretenciosa autoridad moral, se reclaman poseedores de unos “valores republicanos”. Puesto que son precisamente estos valores –républicaines, los que rigen la vida política en Francia– los que Valls ha practicado con su decisión. ¿Querían república?, ahí van dos tazas.

El CiervoCatalán de nacimiento, de madre suiza, francés de formación, español por voluntad, europeo por convicción, barcelonés por vocación y elección, Manuel Valls ha sido diputado de la Asamblea Nacional, consejero regional y vicepresidente de la Isla de Francia, secretario de comunicación Partido Socialista francés, asesor de comunicación del gabinete del primer ministro Lionel Jospin, alcalde de la ciudad de Evry, ministro del Interior y primer ministro con el presidente de la República François Hollande. Contar en el ayuntamiento de Barcelona y en cualquier otro puesto en la vida pública con un personaje navegado como Valls es una suerte y sería interesante aprovecharla.

Que un ex primer ministro francés aspire a ser concejal en España es algo, por lo demás, que nos alegra y nos reconforta en tanto que europeos. Europa se hace pequeña y estos detalles la hacen grande. Viajamos, nos movemos, nuestros hijos se instalan en otros países que ya sentimos también como propios y vamos conociendo y queriendo cada día más. Compartimos demasiadas cosas buenas para echarlas a perder con veleidades fronterizas y banderías nacionales: el genio de Leonardo, por ejemplo, al que dedicamos unas páginas en el quinto centenario de su muerte, es uno de nuestros patrimonios culturales del que ni se nos ocurre prescindir porque lo tenemos en el acervo, nos consideramos discípulos de su maestría, herederos de su curiosidad y continuadores de sus saberes. También Leonardo viajó y se movió, no siempre con éxito, en busca de trabajo y de alguien que acogiera sus proyectos: Florencia, Milán, Bolonia, Venecia, Roma, Francia…

Europa es nuestro hogar, nuestra suma, nuestra mejor creación y nuestro más bello sueño de futuro y sería lamentable –podemos de verdad lamentarlo mucho– echarlo a perder levantando presas con identidades graníticas que cierren el paso a las de aluvión, mucho más fértiles. “Yo soy por agregación y esto me hace crecer y me enriquece: lisboeta, litoral, de lengua portuguesa, latino, europeo…”, dice el dramaturgo Nuno Artur Silva en este número, que mira a nuestro vecino del oeste. “Los mejores artistas portugueses se están volviendo cada vez menos portugueses y más del mundo y es en este inacabado y múltiple mapa que estamos dibujando de la contemporaneidad portuguesa donde realmente comenzamos a vivir”, concluye. Este mapa se levanta sobre un territorio tolerante y pacífico que tiene en la bella Lisboa la capital más africana y brasileña de Europa, nos recuerda, y es hoy lugar de acogida, circulación y residencia de personas de todo el mundo. Lejos de encerrarse en sus fronteras, sus tópicos y sus clichés (el fado es hoy también nuestro, patrimonio de todos), Portugal es un país más moderno, abierto, diverso y cosmopolita. No es raro, y nos gusta, que esté tan de moda. Es bueno aprender de los vecinos.