Reputaciones  

Reputaciones

Jaume Boix

Ahora ha sido Lluís Pasqual, uno de los maestros de la escena europea, quien ha optado por abandonar la dirección del histórico Teatre Lliure de Barcelona, del que fue fundador y al que ha dado forma, es decir cuerpo y alma, carácter, criterio y calidad en distintos periodos a lo largo de cuatro décadas. Pasqual no ha podido zafarse de la red que ha dañado no solo su reputación profesional sino también la personal. Una joven actriz a la que el director dio una gran oportunidad con el papel de Cordelia en un Rey Lear junto a grandes nombres del teatro catalán lo acusa de haberla maltratado, palabra envenenada, durante los ensayos, de haberla hecho llorar [ cuando nacemos lloramos por haber llegado a este escenario de locos , Lear, 4.VI], de gritarle y ridiculizarla [¡Ah! Me ofende en lo más intimo oír cómo un tipo escandaloso y empelucado destroza los oídos a los del patio que en su mayoría nada entienden salvo inexplicables exhibiciones cantarinas y ruido. ¡Yo haría azotar a este tipo por sobreactuar de este modo! Hamlet, 3.II).

El CiervoEl Rey Lear de Pasqual se estrenó en enero de 2015 y la acusación pública de la actriz ha llegado casi cuatro años después, justo cuando había que renovar el contrato a Pasqual o buscar un nuevo director del Lliure. A lo mejor es verdad que la venganza es un plato que se sirve frío. Las redes son de fácil combustión y enseguida un colectivo feminista abona la queja de la actriz y sube la apuesta acusando a Pasqual de “trato vejatorio sistemático a sus trabajadores y de prácticas abusivas contrarias a los derechos laborales más básicos, intolerables en una sociedad democrática”. Reclaman ellas su cabeza, y a los partidarios de que Pasqual no siga (los hay: nada tan teatral como la intriga y nada tan intrigante como el teatro) les falta tiempo para sumarse al coro femenil y pedir no ya un nuevo director sino una directora. Y además joven. Porque al parecer una institución como el Lliure no necesita la experiencia y el prestigio internacional de un director consagrado, más bien estas supuestas virtudes son un tapón que impide dar paso a la juventud y sobre todo a la mujer. Hastiado, Pasqual dimite. Las redes ganan, fin del primer acto.

El caso Pasqual no será por desgracia el último. Es de temer que veamos pronto alguno más porque se acercan elecciones y la política conoce bien la poderosa influencia de las redes. Obama ganó, o eso se dijo y celebró con gran contento entonces, gracias a la movilización que sus jóvenes partidarios canalizaron vía internet. Los indignados, las primaveras árabes, los grillini italianos, los separatistas catalanes, el brexit, Trump no serían casi nada sin las redes. Tampoco es algo sorprendente porque el uso de los medios de comunicación es tan viejo como la misma política. Ya cuenta Mary Beard en su amena Historia de la antigua Roma cómo el emperador Augusto tenía en su nómina de propagandistas nada menos que a Virgilio y a Horacio. Kennedy fue el primero en aprovecharse de la televisión y estudios más o menos serios aseguran que ganó a Nixon porque en aquel primer cara a cara televisado de la historia Nixon aparecía sudando la gota gorda y Kennedy, fresco, lozano y seductor. Trump, discípulo del cavaliere Berlusconi, ha alcanzado la cima. No ha llevado la política a la televisión sino la tele a la política: él mismo es un producto televisivo, un muñeco de reality show que ha montado la casa de Gran Hermano en la Casa Blanca. Lo de Trump es increíble: ha transformado la ficción, es decir la mentira, en sesenta millones de votos de verdad y ha conseguido a golpe de tuit que la expresión “parece mentira” no tenga sentido.

Hasta Trump, en efecto, la mentira consistía en dar a lo falso apariencia de verdad. Después de él, ya no. El presidente al que el Washington Post contabiliza las que dice a diario –centenares desde que tomó posesión– ha logrado su colmo: que mienta hasta la propia definición de mentira. Con él ya no se trata de disfrazar de verdadero lo que es falso, menudo fastidio, sino de dar a lo falso apariencia de auténtica falsedad, lo que desactiva la principal carga detonante y definitoria de la mentira, que es el engaño; es decir, Trump miente por la cara, miente ante el espejo, miente luego existe, miente sin mentir, miente de verdad. Como un alquimista, Trump ha transmutado la mentira en verdad, le ha dado cuerpo, densidad, peso y valor, valor de moneda convertible en oro. ¿Y eso no afecta a su reputación? Pues, sí, claro: positivamente. Igual que en los realities y las redes, a más insultos, zafiedad y mentiras, mayor influencia, fama y reputación. Mala o buena no cuenta: solo importa la re dputación.

Todos mienten, dice Trump, y al decir esa mentira se incluye, está mintiendo para demostrar su verdad porque eso quieren sus partidarios –que crecen para seria preocupación de todos–. Miento, ¿y...? – saca pecho. ¿Dónde está escrito que la verdad sea preferible a la mentira si mintiendo funciona todo mejor y ganamos más dinero? ¿En la ley moral, la ética, la honradez, la decencia, la educación, los valores, me dice usted? Bueno, tal vez estos códigos no mientan pero sin duda están bastante equivocados: cuando con ellos se gobierne el mundo entonces hablamos. ¿Que Jesús dijo “la verdad os hará libres”? Ya; también dijo que su reino no es de este mundo. El mío sí.