Todo el cosmos en una gota de rocío  

Todo el cosmos en una gota de rocío

Zingonia Zingone
Licenciada en Economía, poeta, narradora y traductora.

Sobre la figura de Ernesto Cardenal.

El pasado 14 de febrero, día de los enamorados, hubo fiesta en el cielo. Giraba un disco en el gramófono cósmico coreando: “Dios es amor, y el que vive en el amor, en Dios vive y Dios en él”. Dos sombras blancas se abrazaban fraternalmente en el centro del escenario celeste entre danzas y cantos de júbilo de las potencias y las potestades. No fue difícil reconocer que se trataba de Thomas Merton, el que fue maestro de novicios en el monasterio trapense Getsemaní en Kentucky, y Karol Wojtyla, conocido desde 2014 como san Juan Pablo II. Juntos celebraban el mensaje que un ángel estaba por transmitir al papa Francisco para el cumplimiento de una nueva etapa del misterioso plan de Dios, que según nos enseña la historia se lleva a cabo por medio de los hombres que a él se entregan.

Ese mismo día, el poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal, de 94 años, estaba agonizando en un hospital de Managua. El ángel, desviando su rumbo, pasó a visitarlo y le dijo: “el Señor está contigo”. La tribulación lo dejó, y el poeta despertó pidiendo huevos con chorizo. A los cuatro días, el Nuncio Apostólico en Nicaragua le llevó a Cardenal una carta, por medio de la cual le informaba de que el Santo Padre había acogido su petición y lo absolvía de todas las censuras canónicas impuestas en 1984 por Juan Pablo II, debido a su militancia política. El padre Ernesto recibió “amorosamente” la noticia y desde la cama del hospital concelebró con el nuncio la santa misa. Al cabo de dos días fue dado de alta del hospital debido a un prodigioso mejoramiento de su salud, y mientras emprendía su retorno a su casa, débil pero sereno, la noticia de su absolución cayó en los medios de comunicación como un temporal de verano, dando de nuevo motivo para hablar de la fascinante y controvertida figura de Ernesto Cardenal.

Estamos frente a uno de los intelectuales de mayor envergadura que Latinoamérica le ha entregado al mundo en el siglo XX, y que hasta la fecha ha seguido iluminando el escenario del conocimiento con nuevos poemas. Es de pensar que su regreso a casa esté ligado a un poema que yace inconcluso sobre su escritorio, al lado de unos libros científicos que mandó pedir antes de ser internado.

El CiervoTodo comenzó en el ambiente conservador de una familia católica de la alta sociedad de Granada, Nicaragua, donde Ernesto Cardenal nació en 1925. Educado por los jesuitas, su erudición fue precoz y su talento poético, reconocido prontamente por los grandes de la vanguardia nicaragüense. Su sed de conocimiento lo llevó a cursar letras y filosofía en México y Nueva York, y a viajar por Europa. No tardó en abandonar el estilo lírico de la adolescencia para acuñar lo que se conocerá como el “exteriorismo”, e importar en la literatura contemporánea las formas clásicas, tal es el caso de sus Epigramas. La dictadura de Somoza García lo indujo a participar en un movimiento de jóvenes opositores del régimen y a escribir explícitamente para emancipar a los oprimidos. “Hora 0” marcó la historia con su grito subversivo en contra de las dictaduras y el poder deshumanizante de las transnacionales.

No tardó Dios en llamarlo a la vida monástica bajo la guía espiritual de Thomas Merton. En el monasterio trapense de Getsemaní tuvo la revelación mística de que todo el universo es movido por el amor y al no existir vida fuera del amor, todo acto humano, aun el pecado, es una búsqueda de Dios (E. Cardenal, Vida en el amor, Ediciones Sígueme, 1979). Esta iluminación se convertirá en el eje de su poesía evolucionista, inspirada entre otros por Teilhard de Chardin, que rastreará la huella de Dios desde el origen de las especies hasta el final de todos los tiempos. Merton, que consideraba acción y contemplación como una sola cosa, lo incitó a dejar la trapa y abrazar el sacerdocio, para fundar en América Latina –esa tierra rebosante de energía nativa– una comunidad similar a las de los primeros cristianos. Aceptando la voz de su maestro como la voz de Dios, Cardenal ingresó en el seminario. Desde allí, embebido de estudios bíblicos, escribió sus célebres poemas de denuncia: “Salmos” y “Oración por Marilyn Monroe”.

En 1965 el padre Cardenal fundó la comunidad Nuestra Señora de Solentiname en una isla del lago de Nicaragua. Inició su revolución creando una escuela de artes primitivistas y evangelizando a los campesinos con un sincretismo cristiano-marxista, que después será conocido como Teología de la Liberación. Gentes del mundo entero acudían a Solentiname para conocer al místico poeta y escultor. Golpeado por la muerte de Merton en 1968, y tras una larga estancia en Cuba, Cardenal hizo de su comunidad una célula revolucionaria del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Con el triunfo Sandinista en 1979, fue nombrado ministro de Cultura y se dedicó a promover talleres de poesía, escuelas y centros culturales. Su empeño a favor del pueblo enamoró a muchos, y cuando Juan Pablo II lo suspendió del oficio sacerdotal, su fama se extendió a todos los rincones de la tierra.

En 1987 Cardenal se retiró a estudiar en su claustro doméstico. Sabio e iluminado, desarrolló una poética nueva que fusiona las ciencias, la teología, la cosmología y la filosofía. Su extraordinaria obra magna, Cántico Cósmico, pareciera reflejar la evolución del cosmos e incluir conceptualmente todo lo pasado y todas sus obras por venir. Amparándose en la evidencia científica, el poeta canta la unidad del cosmos donde nada existe solo / ser es ser unido / ser es ser con otro / todos conectados con todo (E. Cardenal, Así en la tierra como en el cielo, Anamá, 2018). Es en el flujo del amor donde todo cobra sentido, hasta las herejías, porque la creación no es un instante sino un proceso (E. Cardenal, Hijos de las estrellas, Anamá, 2018) y el hombre fue creado para progresar en dirección al amor. Con un lenguaje que para la teología es revolucionario, Cardenal habla de Cristo como “principio y fin”, donde el fin es la resurrección: El cosmos se salva en nosotros / y en los extraterrestres si los hay // No hay alma sin cuerpo / “Esto es mi cuerpo” dijo / y éramos todo el universo // Vivo otra vez para no morir nunca (Ibid). El poeta de nuevo nos entrega la esperanza, y esta vez nos dice que está en la Eucaristía.

A través del papa Francisco, la esperanza regresó a las manos de Cardenal en la forma del pan y el vino, sublimando, con la fidelidad amorosa de Dios, la cruz que el poeta llevó largos años, a pesar de los numerosos libros publicados y tantos premios recibidos. En el cielo los amigos festejaron leyendo los versos que el poeta está por escribir en el humilde vuelo que desde su escritorio cruza todas las galaxias.