Valores ¿en peligro de extinción?  

Los valores se han ido

Salvador Giner, Sociólogo

Y nadie sabe cómo ha sido. Hace solo algunos años surgió por doquier un debate en torno a una presunta crisis de valores. No podría sino engendrar perplejidad a diestro, pero sobre todo a siniestro. Supongo que el coro de plañideros y pladiñeras que a la sazón se lamentaban de la presunta crisis, se referían a la desaparición o debilitamiento de valores para ellos importantes. Saber cuáles son sigue siendo una tarea pendiente para los ciudadanos, y no digamos para los asiduos lectores o colaboradores en una revista como El Ciervo, que jamás ha ocultado estar muy ligada a los suyos, a sus creencias, principios y criterios. Sin arrogancia, es decir, sin caer en el fariseísmo, confesar que se poseen unos valores, como los que rigen esta publicación dedicada a las ideas, a ciertas creencias y convicciones sobre el mundo y nuestro destino como seres humanos, no es necesariamente malo.

El CiervoEn este controvertido asunto de los valores es muy aconsejable recordar que no son mucho más que creencias en principios morales y que ello no conlleva necesariamente que la gente las cumpla. Una buena senda para desmitificar el confuso campo de abstracciones retóricas en las que se puede uno enzarzar al entrar en el campo espinoso de los valores, es recordar que históricamente el origen del concepto fue fruto de transacciones en el mercado. ¿Cuánto vale esto? ¿Cuánto aquello? No hay que ser muy ducho en semántica ni filología para saberlo. La transmutación del concepto tan necesario en la vida cotidiana en una noción abstracta y hasta filosófica enseña una lección de realismo muy conveniente. Para tirios y troyanos, que también tenían sus valores y todos sabemos que tan contrarios eran entre sí que acabaron sumidos en la guerra.

Mas no trivialicemos. Es indudable que hay valores, y que importan. Que el hombre sin ellos no existe, puesto que el valor de no tener ninguno es, paradójicamente, también un valor, el del cinismo y la amoralidad. Por eso, lectores amigos, oso recomendar la mayor de las cautelas y hablar poco de ellos, o andar siempre con pies de plomo antes de evocarlos para justificar lo que hacemos.

Dedicar un número como este a reflexionar sobre valores es un acierto, y no contradice la debida cautela. Tampoco la contradice afirmar que hay valores superiores a otros, y menos en un foro confesional, aunque crítico, como el que con su habitual cordialidad ofrecen estas páginas siempre acogedoras.

Confieso que no sé del todo de qué hablamos cuando hablamos de valores. Digamos cuáles son, por delante. Pero procuremos no imponerlos a nadie por la fuerza. Solo conviene la persuasión por vía pacífica y dulce.

Y tengamos, pienso, el coraje necesario para afirmar sin ambages que unos valores son superiores a otros, o menos peligrosos que ellos. Con dulzura, sin acrimonia, no es difícil mostrarlo. Solo es necesario vivir en consecuencia. La caridad se practica, diría un cristiano, feliz con sus valores. La compasión Pallarés se practica, diría un budista, feliz con los suyos. El patriotismo se cultiva, diría un amante de su país capaz de no confundir el amor patriae con el nacionalismo, que es una mera ideología. Y así sucesivamente. Buenos valores para ti, lector. Piensa siempre en las consecuencias cuando los incorpores a tus creencias.