Viaje al aula magna  

Viaje al aula magna

Jaume Boix

Resulta pues que don Miguel, poeta ya viejo de vuelta del Parnaso, fue invitado hace unos días a visitar no ya esta vez los aposentos del rubio Apolo, de serena frente, pero nada menos que el Aula Magna del histórico edificio de la muy vetusta universidad de Barcelona, cuyo lema reza Libertas perfundet omnia luce queriéndose decir con lustre que la libertad todo lo ilumina. El agradoso envite mucho complació al susodicho porque de fama es su devoción por esta urbe cortés donde las haya, hasta el punto de que la cortesía custodia en recóndito archivo; y albergue es también de los extranjeros hoy tan jaleados y bienquistos; hospital de pobres así como de sultanes y bajás de Berbería; patria de valientes defensores de su hacienda que guardan en pirenaicas cumbres y antillanas costas; venganza de los ofendidos por todos los agravios habidos y por haber; correspondencia de firmes amistades; y, además, en sitio y belleza, única.

Y fue el caso que mientras desde el banco –que, dado su natural discreto, eligió en una fila algo retirada del presbiterio– el poeta admiraba los astrágalos y ábacos de los capiteles bellamente ornados con acanto unos y volutas los más, la argentería, los mármoles, el nácar, el cristal, el mullido dosel y las arriscadas lámparas cuyas lágrimas colgaban de la altísima techumbre artesonada, y mientras el muy doctorado ponente y sabio bachiller Jean Canavaggio, noble y viejo hispanista venido del deleitoso país franco, tomaba la palabra para disertar e impartir sus conocimientos sobre Cervantes, un espantable estruendo golpeó la recia puerta del Aula Magna y un griterío de insultos y amenazas acompañado del canto estridente de sirenas y trompetería, pateos, silbidos, tarascadas y voleas turbó el ánimo de los presentes, a muchos helóseles la sangre y a nuestro hombre causó gran desasosiego:

Mi rostro entonces, como el de un difunto / se debió de poner; y sí haría, / que soy medroso, a lo que yo barrunto. / Vi la noche mezclarse con el día; / las arenas del hondo mar alzarse / a la región del aire, entonces fría. / Todos los elementos vi turbarse; / la tierra, el agua, el aire y aun el fuego / vi entre rompidas nubes azorarse.

El CiervoSe asustó, claro. Y al no cesar sino crecer los improperios de la turba, la confusión y el desorden se impusieron. Calló el bachiller, pues nadie podía entender de lo que hablaba y eso que, aun siendo francés, se expresaba en nuestra lengua mucho mejor que los bárbaros de la puerta que en occitán bramaban o gruñían. Ante el desconcierto, entonces, y el temor de que el ímpetu de las hordas echara la puerta abajo y produjera quebrantos a las personas y estropicios en los bienes muebles y aun inmuebles del aula, se optó por llamar en auxilio al señor rector de la universidad, que es Magnífico a la par que Excelentísimo. Prudente decisión, pensaba la audiencia, pues hombre de tanta autoridad tendrá el oficio y el cabal juicio de imponer la calma y devolver al sosiego los espíritus. Y por ventura que los tuvo, y muy acertada fue, pardiez, su decisión: desalojen ustedes el Aula Magna en silencio y disimulo por la puerta lateral, en fila de a uno, y así habrá de cesar sin duda el gran tumulto y sanará el trastorno que padecen las huestes protestantes, dictaminó el Magnífico.

Hízose así. Y mientras los tumultuosos, que fueron contadas cuatro docenas y media, seguían profiriendo sus atroces alaridos y vivas a una fabulosa república que en estupenda y singular gesta de general recordación fuera proclamada y suspendida al mismo tiempo y por un mismo hombre (el cual, según las crónicas, huyó enseguida de país tan apacible, no se sabe si por mor de haberla proclamado o de haberla suspendido), los asistentes a la plática cervantina abandonaron cabizbajos, compuestos y sin lección el aula do tan sonada asamblea acababan de vivir. Entre ellos nuestro poeta, que así dijo a sus atribulados amigos barceloneses que lo habían convidado:

Aunque los sucesos que aquí me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella.

Lo dijo para tranquilizarlos, haciendo gala de su buena educación. Es decir, mintioles. Porque en verdad se fue de muy mal cuerpo. Y él, que con modestia había escrito

Yo he abierto en mis Novelas un camino / por do la lengua castellana puede / mostrar con propiedad un desatino
lo que tras aquel calamitoso trance en realidad pensó, aunque no dijo, fue esto otro:

Yo he abierto sin propósito un camino / por do un magno rectorado puede / mostrar con propiedad el desatino / que es atender al rebuzno del jumento, / acoplarse al belido del ovino / y ceder al bufido del cretino.

Y sin perder su bonhomía proverbial, concluyó, paciente e indignado:

Fuime con esto, y, lleno de despecho, / busqué mi antigua y lóbrega posada, / y arrojeme molido sobre el lecho; / que cansa, cuando es larga, la jornada.

Harto estaba, y eso que aquella noche no cenó.