Volvamos  

Volvamos

Jaume Boix
Director de El Ciervo

En septiembre, mes de uvas y vendimia, el tiempo parece retomar el pulso y vuelven muchas cosas a su curso siguiendo la estela del escolar, el curso digo, cuyo calendario es el eje en torno al que gira la organización de la vida de tantas familias. El curso escolar moviliza no solo a padres sino a hermanos, abuelos si los hay, a veces a tíos y a vecinos de escalera que se turnan para llevar a los chavales, traerlos de vuelta o tenerlos en casa haciendo deberes. Condiciona incluso tal vez más que el laboral, lleno de inseguridades para la gran mayoría de la población sin empleo fijo, un contrato indefinido o unas condiciones que permitan dibujar un horizonte de cierta tranquilidad. Y condiciona sobre todo, claro, porque en la escuela se educa, se enseña, se aprende, se conoce, se forma, se informa, se crece, se madura y se apuesta, en suma, por el futuro del país. Menuda apuesta. Menuda, sí, es decir mínima y avara: sin el presupuesto necesario, sin personal suficiente y apreciado, sin la esperada ley que ponga orden y deje la educación en paz.

El CiervoPero vuelve el límpido otoño de mañanas luminosas, calles y caminos se llenan de hojas secas que pisamos con gusto y vuelven los niños al cole y a sus aulas los maestros: ¿volverán a repetir programas que al final pocos logran completar, volverán a sufrir el menoscabo a su autoridad, la indiferencia ante sus enseñanzas, el acoso de madres y padres que creen saber de educación más que nadie? Volverán, sin quizá, con ilusión, como todos volvemos siempre llenos de buenos propósitos que seguramente volveremos a incumplir. Así es el ciclo: volvemos de vacaciones con ganas de reencontrar el añorado calor de la rutina que pronto cambiaremos por el ansia de volver de vacaciones.

Vuelven los pueblos a su vacío, los chiringuitos al cerrado, los temporeros a otras labores, el turismo al Imserso. Vuelven los atascos a la ciudad, lo que significa que seguimos sin tomarnos en serio que debemos cambiar bastantes hábitos: horarios, formas de trabajo, fuentes de energía, movilidad, alimentación, consumo, respeto al medio ambiente, educación... Eso requiere responsabilidad, implicación, civismo y pide políticas, es decir políticos, capaces de construir un marco y de lograr que este marco, con sus límites, sea respetado y protegido mediante incentivos estimulantes y sanciones claras. Y necesita también ciudadanos que se comprometan, participen y elijan con criterio, con cabeza y con razón, no corazón.

Volverán los jóvenes a buscar trabajo y una vivienda donde empezar a asentarse y volverán a no encontrar ni lo uno ni la otra. Vuelven los ricos a sumar más y a restar vuelven los pobres. Vuelve a crecer la desigualdad hasta unos niveles incompatibles con el futuro del sistema y con la integridad ya no solo moral sino técnica de los grandes actores de la economía. Vuelven los beneficios empresariales a engrosar fondos especulativos en vez de invertirse en mejorar las empresas que los dan y las condiciones de los trabajadores que los producen.

¿Volverá el bienestar al Estado y nuestro estado al bienestar?

¿Volverá a llenarse el Mediterráneo de cadáveres mientras Europa sigue siendo incapaz de imponer el orden y terminar con los nidos de piratas y traficantes de personas? ¿Volverán los británicos al Reino Unido de la Razón que es la Unión Europea y dejarán de incordiar esos dirigentes de tercera que a uno y otro lado del charco enlodan el presente y ensombrecen el futuro? ¿Volverá el mundo, es decir volveremos, a frenarlos antes de que sea demasiado tarde? ¿Volverá el fascismo a Europa? ¿Volverá el espíritu de federación a germinar frente al virus de la separación que, una vez más, trata de infectar el continente?

¿Volverán de verdad a hacerlo, como amenazan, los empeñados en derribar un muro levantado en su cabeza o volverán la razón, el diálogo, la cooperación, la inteligencia que dio lugar al gran pacto de 1978? ¿Volverá la política a merecer su nombre, a limpiarlo, a pulirlo y a honrarlo? Hemos conocido en verdad momentos malos y duros, ¿volveremos a olvidar la historia? Pero también los hemos visto mucho mejores, que aquellos y que estos: ¿volveremos a vivirlos? ¿No deberíamos intentarlo?

Para eso deberíamos volver. Volver en sí y recobrar el sentido, como volvieron después de un tiempo de extravío tanto Ulises como don Quijote. El primero a su isla. El segundo, a la razón. Claro que en los dos casos el regreso tiene un coste elevado (y esto hace más meritoria la empresa): Ulises masacra al centenar de pretendientes a usurpar su trono y su lecho. Quijano el bueno muere al recobrar el sentido que había perdido por su afición a los seriales. Morir es el precio de abandonar la ficción: la realidad se impone. Se acabó el cuento. Fin.

¿Se acabó realmente? ¿Volverá la verdad a las noticias, el respeto a la realidad, el hecho a significar al dicho? ¿Volverá el estudio al conocimiento, el esfuerzo al trabajo, la calma a la reflexión, el peso a la conciencia, la alegría a la mente, la bondad a las caras, la sonrisa a los labios?

Podríamos intentarlo, en la hora de volver.