Volver sin estar de vuelta  

Volver sin estar de vuelta

Isabel-Clara Lorda Vidal
Traductora literaria

De las muy diversas formas, modos y tiempos de conjugar el verbo volver, la de estar de vuelta no se cuenta entre las elegidas por nuestros amigos en estas reflexiones que les pedimos con motivo del inicio de temporada. Curiosidad, ilusión, esperanza, asombro, resignación tal vez pero no desengaño, y más preguntas que respuestas sugieren que volver es también una manera de ir porque “la vida sigue y no espera tu regreso”.

PASAJEROS FUGACES

Tras casi quince años viviendo en el extranjero por mi trabajo (tuve el privilegio de dirigir los Institutos Cervantes de Utrecht, Londres y Nápoles) decidí regresar a casa. Mi edad ya me lo permitía y mi nostalgia había ido en aumento con el paso de los años. Nostalgia de qué, una se pregunta. Necesidad de recuperar el día a día con la familia, los amigos; necesidad de volver a respirar ciertos aromas, sentir ciertos sabores, oír por la calle las melodías de la propia lengua (en mi caso, lenguas), recuperar palabras que creías perdidas, ganar otras que ya ni conocías. Pero volver no es fácil, lo saben todos los que por diferentes motivos han vivido largo tiempo lejos de casa. Nunca nada es del todo como imaginaste. El paréntesis de la ausencia es un extraño vacío en que la vida sigue sin ti, y esa vida no espera tu regreso. No hay Penélope que teja y desteja su tela. Empiezas una nueva etapa, y la ilusión de haber regresado al mundo al que crees pertenecer se entreteje en ciertos instantes con la melancolía, porque no tardas en comprender que en realidad no perteneces a ningún mundo.

El Ciervo Que el sentido de pertenencia es una creación de la necesidad o de la nostalgia, compañera inseparable de quien deja atrás aquello que alguna vez amó. Y así, mientras recorro las bulliciosas calles de Barcelona o paseo entre los pinos mediterráneos bajo el sonsonete zen de las cigarras, feliz de haber vuelto a casa, a veces los recuerdos irrumpen en la cabeza, siempre turbadores. Y por un instante regresa todo lo que guarda la memoria en su trastienda: los rostros de los amigos que he dejado atrás; los cambiantes tonos pardos del Támesis que veía desde Putney Bridge mientras esperaba la llegada del bus rojo; los viejos pubs de Londres donde intercambiábamos confidencias los días de lluvia; los silenciosos canales de Utrecht donde la vida transcurría en bicicleta; la oscuridad del invierno que invitaba al recogimiento y a la lectura; las llanuras del pólder y los campos de brezo donde las emociones parecían serenarse; las puestas de sol sobre la bahía de Nápoles, la intensidad de sus gentes, sus olores, sus sonidos… Y comprendes entonces que en realidad no hay regreso, no hay casa, no hay pertenencia: no somos más que pasajeros fugaces necesitados de anclaje, en cualquier lugar del mundo.