Walt Whitman, poeta de la libertad  

Walt Whitman, poeta de la libertad

Guillem Vallejo Forés
Poeta y profesor.

Más actual que nunca, 200 años después de su nacimiento.

Hay poetas a quienes su siglo, su tiempo, se les queda pequeño y miden la grandiosidad de su obra con las generaciones venideras. No sé si podemos llamarlos “visionarios”, pero sí que es verdad que su mirada poética se eleva por encima de modas o de estilos y su voz alarga una sombra de la que toman aliento los que se reconocen como hermanos en la búsqueda de la autenticidad a partir del camino de la belleza. De entre estas voces se alza, transcurridos ya doscientos años, el bardo americano, el orgulloso autodidacta, el poeta del cuerpo y del alma, el defensor de la igualdad, el tan querido y recordado Walt Whitman. Y hablar de “mirada” no es una mera imagen. El libro que le acompañó, ampliándose edición tras edición, durante los cuarenta años últimos de su vida, Hojas de hierba, fue una amplia recopilación de miradas en la que se percibía su ansia de abarcar la totalidad: “El reloj indica el momento -¿pero qué indica la eternidad?”.

El CiervoHojas de hierba recoge tanto su experiencia en un Nueva York creciente, amalgama de razas, de la febril actividad mercantil, hasta su estancia en la naturaleza de Nueva Orleans donde celebró la fuerza de la tierra y vio al mismo tiempo el comercio de esclavos, la dura y terrible degradación del hombre efectuada por el hombre mismo: “El que degrada a otro me degrada”. Y todo por igual supo llevarlo primero a su cuaderno de anotaciones y luego, siguiendo el formato de los salmos bíblicos, a esa obra que quería contener el espíritu de América. Podríamos calificarlo como un continuo “apuntador” de la vida, donde fuera que esta latiera, sin reducir ni atenuar el peso de su verso por el puritanismo de su época. Se atrevió a saltarse los cánones establecidos por la literatura, desde la forma externa del poema, optando por el verso libre, hasta la temática muchas veces irreverente y en la que se erguía el “yo” del poeta en una afirmación de la alegría, de la felicidad, que quería proyectarse a todos cuantos le rodeaban: sin distinción de género o de condición social. Y en lo más aparentemente insignificante de esas Hojas de hierba elevó su Canto a mí mismo, en una de las más exaltadas celebraciones en la historia de la literatura del cuerpo humano, de la sensualidad, del goce de existir: “Recuerdo cómo nos acostamos una mañana transparente de estío, / Cómo apoyaste la cabeza sobre mis caderas y la volviste a mí / dulcemente”. Whitman, que se atrevió a cantar el amor homosexual, fue criticado por los sectores más conservadores de su tiempo, afirmándose como uno de los grandes poetas de la libertad. Libertad que reivindicarían décadas después otros poetas, como Lorca en su Oda a Walt Whitman: “Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo/ por vena de coral o celeste desnudo. / Mañana los amores serán piedras”; o también desde otro ángulo León Felipe, quien realizó su Paráfrasis al Canto a mí mismo, donde sentenciaba: “Los grandes poetas no tienen biografía, / tienen Destino”.

Sus inicios en el mundo de la poesía no fueron fáciles y fue sin duda su tesón y la fuerte convicción en su obra lo que le llevó a la autoedición de la primera edición de Hojas de hierba. Pasó privaciones, ejerció de tipógrafo, de maestro, y cuando estalló la guerra civil estadounidense alentó a los soldados heridos trabajando como enfermero. Y lejos de ser todo ello un impedimento para su escritura, logró verterlo todo en un canto afirmativo autoerigiéndose como el profeta del pueblo americano que cantaba la democracia y la plenitud de ese continente desde un trascendentalismo muy cercano a grandes pensadores de su tiempo como Emerson o Thoreau.

Muchos poetas han crecido bajo la sombra de su legado y, de una u otra forma, han repetido: “Yo soy Walt Whitman”. Honda ha sido su influencia en la poesía hispanoamericana. Siguió su huella, Rubén Darío, en Canto a la Argentina, según Darío Villanueva, “uno de los poemas más whitmanianos de Darío”. También hizo suyo a Whitman el poeta chileno Vicente Huidobro, en su poemario Altazor, con el tono profético y afirmativo de su verso libre: “Dadme el infinito como una flor para mis manos”. La estela de Whitman se dejó oír doblemente en Jorge Luis Borges, desde la vertiente de traductor y de crítico. En 1969, para conmemorar el 150 aniversario de su nacimiento, publicaba su traducción de Hojas de hierba con un lúcido análisis sobre la obra de su autor. Y la lista sigue hasta llegar al premio Nobel de Literatura, Pablo Neruda, quien reconoció la herencia del bardo neoyorquino en libros como Canto General: “Whitman innumerable /como los cereales”, o en Residencia en la tierra, en sus poemas de gran sensualidad, con ecos de Whitman por su acentuado autoerotismo: “mi pelo hecho de ritos, de minerales negros”.

Uno de los más singulares rasgos de la poesía de Whitman, que hallamos en la sección de Cálamus, es el diálogo con los lectores futuros en el poema “Lleno de vida ahora”: “A quien viva dentro de un siglo, dentro de cualquier cifra de siglos, / A ti te buscan estos cantos. / Cuando lo leas yo que era visible seré invisible”. Y ese mismo diálogo con las generaciones futuras llegó a Pessoa en El libro del desasosiego: “Pienso a veces con un deleite triste, que si un día, en un futuro al que ya no pertenezca yo, estas frases durasen con loor, tendré por fin gente que me comprenda”; o en su difícil exilio debió alcanzar también a Luis Cernuda, como advertimos en su poema “A un poeta futuro”: “Cuando en días venideros, libre el hombre / Del mundo primitivo a que hemos vuelto / De tiniebla y de horror, lleve el destino / Tu mano hacia el volumen donde yazcan / Olvidados mis versos, y lo abras, / Yo sé que sentirás mi voz llegarte”. Y sigue llegándonos su voz, como si esos doscientos años que conmemoramos fueran de un poeta próximo y a la vez de todos los tiempos, como lo fue siempre también su poesía.