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El autor se confiesa: Munir Hachemi

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1-02-2019

Antes de acabar el año, Munir Hachemi publicó Cosas vivas en la editorial Periférica. En la novela, que sigue el viaje de cuatro amigos que viajan el sur de Francia para trabajar como temporeros en granjas animales, se abordan cuestiones como la del trabajo, la precarización, el racismo, el ecologismo, la explotación del mundo agrario, entre otros temas. El autor se confiesa en el blog de El Ciervo y nos cuenta las distancias y similitudes entre la novela y el viaje real que realizó a la campiña francesa.

Cosas vivas
por Munir Hachemi

En algún momento se instauró la certeza de que la condición problemática de la autoficción consistía en afirmar su radical separación de eso que llamamos «vida». Si al autor de autoficción se le pregunta si esto o aquello «pasó en realidad» debe responder que no o que «nada pasa en realidad». Sin embargo, ¿cuál es la problematicidad de esa respuesta? El interés de la autoficción reside precisamente en el efecto de verdad que da la narración de la propia vida; debemos confiar más en quien pregunta y entender que cuando nos pregunta si algo pasó en realidad lo que quiere decir es que si algo de lo que se narra en el libro pasó tanto como ha pasado el desayuno de hoy o la muerte de nuestro padre. Si es susceptible de producir el mismo efecto de verdad. Y en el mundo de los mass media, en el que la figura de autor es inseparable de la recepción del libro, esa pregunta es crucial.

Es en ese sentido que me gusta contar cómo surgió Cosas vivas. Parte de un viaje real a la campiña francesa. Eso no quiere decir que lo que se cuenta en el libro es lo que ocurrió o que refiere lo que ocurrió, pero sí que se asemeja a lo que quienes lo vivimos podríamos contar que ocurrió, o más bien a una mezcla entre lo que yo creo que ocurrió, lo que me habría gustado que ocurriera y lo que temo que hubiera podido ocurrir. Pero pensar esa génesis en primera persona del singular ya constituye un falseamiento. En realidad, cuando volvimos de aquel viaje tres de los cuatro que viajábamos (en la novela G, Álex y yo, es decir los tres a los que nos había dado por escribir) deicidmos intentar una pieza del tipo que fuera inspirada en el viaje a Francia, es decir no necesariamente que contara el viaje a Francia; podía ser un poema, un enayo, un cuento, cualquier cosa. Después autoeditaríamos un volumen con las tres piezas y ganaríamos algo de dinero vendiéndolo, supongo.

Creo que ahí se manifestó con mucha claridad el pathos escritural de cada uno (y quiero pensar que quien haya leído la novela convendrá conmigo en esto): G, que es un neurótico, empezó y destruyó muchas veces un manuscrito del que jamás nos enseñó una palabra a Álex o a mí; yo, que soy obsesivo, comencé un relato que poco a poco se fue alargando hasta convertirse en una novela; Álex –que no sé lo que es porque en realidad no sé mucho de psicoanálisis pero que intuyo que debe de ser un histérico– comenzó algo de lo que no nos habló, luego lo dejó (ahí fue cuando yo decidí publicar Cosas vivas –que al principio iba a llamarse Syngenta pero que al final se llama Cosas vivas debido al sabio consejo de ciertos abogados– por mi cuenta), después nos dijo que aquello se había convertido en 300 páginas de una novela distópica ambientada en China y ahora mismo no sé en qué punto del proceso está pero imagino que habrá desistido y que yo nunca voy a saber cuál es la relación entre un viaje de 4 chavales a Francia a trabajar en granjas de pollos y una distopía China. Bien pensado, es posible que los tres seamos neuróticos obsesivos.

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