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La nueva guerra fría, con salsa de soja

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29-08-2019

En la disputa por la hegemonía mundial los expertos en política dudaban de si a China le iba a interesar enfrentarse a Estados Unidos, economía de la que depende en parte, y si sería capaz de salir del eterno estado de segundón en desarrollo y tecnología. Ahora que estamos asistiendo a una nueva guerra fría, esta vez chino-norteamericana, cuyas batallas son comerciales, comprobamos que el gigante asiático es capaz de hundir las bolsas con su moneda, y presentar un nuevo sistema operativo capaz de competir con el Android de Google. Cuando EEUU vetó el 5G de Huawei muchos pronosticaron que tardaría mucho en tenerlo: lo presentaron el 30 de julio. 

El verano comienza por tanto a dar muestras de que los chinos son muy capaces de liderar el mundo, y la aparente sobreactuación de Donald Trump apunta a que los norteamericanos también lo saben. Así, centrados en observar la lucha económica, los occidentales hemos pasado por alto otra iniciativa del Partido Comunista Chino destinada a convencernos de que su sistema político es tan deseable, sino más, que nuestra socialdemocracia. Podríamos atender a pequeños detalles, como las compras masivas por empresas chinas de cadenas de cines en EEUU, supuestamente destinadas a dar a conocer su modo de vida. Ello les permite proyectar sus películas junto a las de Hollywood, pese a que no obtienen ningún beneficio en taquilla. Pero fijémonos mejor en algo más consistente y menos discutible: el pensamiento de Zhang Weiwei. Este intelectual representa la línea más oficial del pensamiento político chino, y sus libros, artículos y entrevistas, todos ellos en inglés, defienden una serie de postulados que atacan, de manera aparentemente pacífica, las bases de nuestro sistema democrático. 

Uno de los principales dogmas del pensamiento de Weiwei es que los occidentales somos fundamentalistas de la democracia. Estamos tan obsesionados por defender nuestro sistema que anteponemos nuestra posibilidad de elección al bienestar económico. Le gusta citar el Brexit como ejemplo, asegurando que esa consulta no hubiera debido producirse hasta consultar con todos los agentes sociales y asegurarse que las consecuencias que iba a acarrear eran bien comprendidas y aceptadas. A continuación, y por contraste con ese referendum, define las delicias del sistema chino. Su modelo mixto de economía planificada con espacio para la iniciativa privada permite a sus líderes políticos proveer de comida y vivienda a la población, dos factores que garantizan la paz, la prosperidad y el orden social. En China, dice Weiwei, las decisiones no son impuestas, pese a su democracia parcial, porque el gobierno chino pregunta antes de legislar a empresas y líderes de opinión, para ser luego el presidente y el partido quienes deciden, e implantan. Pero no en la totalidad del país, sino en zonas concretas, a modo de prueba. Después de un tiempo, y si todo funciona, se extiende al resto de China. Esto es lo que él llama “democracia avanzada” y por extrapolación podemos concluir que es el modo de concebir la libertad y la participación del pueblo en el gobierno de una nación según criterios chinos. 

Lo relevante de este planteamiento es el empeño en sugerir que deberíamos abrazar el paraíso chino, donde no hay hambre, ni falta de vivienda, ni pobreza infantil, ni paro. En ningún momento habla Weiwei de la imposición de la cultura Han a las etnias minoritarias, que incluyen vergonzosos campos de reeducación. Están destinados a etnias menores, como los iugures, a los que se pretende extirpar sus costumbres y su lengua para que sean más “chinos”. Y también a los homosexuales, con sus propios campos, donde deben ser reconducidos a la heterosexualidad mediante la reeducación. Y es que Weiwei olvida que la diferencia más acusada entre la democracia occidental y la “democracia avanzada china” es que la segunda no reconoce los derechos individuales ni las libertades públicas. 

Es un pequeño detalle, pero profundamente similar al mensaje de movimientos populistas de extrema derecha, que van calando en todos los rincones de Europa. Es preferible, dicen, renunciar a parte de nuestras libertades y derechos para tener asegurado el pan y la vivienda. Es en ese detalle donde sabemos que se está librando una nueva guerra fría, que no se limita a la que libran EEUU y China. Todos los bandos prometen el paraíso si les conducimos a la victoria. Y ya no se trata solo de elegir entre la hamburguesa o la salsa de soja, sino de preguntarnos si queremos seguir teniendo la libertad de prepararnos la paella como mejor nos parezca.

Martín Sacristán, periodista y escritor
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